Mañana se cumple el primer aniversario del ascenso al poder del heredero de Boris Yeltsin y segundo presidente constitucional de Rusia Vladimir Putin juró su cargo como segundo presidente constitucional el 8 de mayo. En su discurso prometió reconstruir el país y anunció que su reto era devolver a Rusia su condición de superpotencia.
29 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.En principio, y con la imagen de un Boris Yeltsin ajeno la mayor parte del tiempo del despacho presidencial por enfermedad, no parecía difícil superar el listón. El ex-espía de la KGB comenzó por reestructurar el ejército para pisar fuerte. Pero su propio ministro de Defensa, Igor Serguéyev, amenazó con dimitir. Luego éste tuvo que agachar las orejas y asegurar que no se le había entendido bien. Con los castrenses volvió a tener el presidente otro encontronazo. Tuvo que llamar al orden a los generales por bombardear por error a sus tropas en la guerra de Chechenia. Y van dos. Con estilo populista, se subió a buques, aviones y carros de combate, en señal de que «no tuvo juguetes de niño», según un psicólogo. Fuentes del Kremlin dicen que su falta de humor le impide disfrutar con su imagen en el programa satírico Los teleñecos. Y siempre da una de cal y otra de arena. Primero afirmó que los movimientos conservacionistas son «tapadera del espionaje occidental» y luego suprimió la Agencia Rusa de Medio Ambiente. Después dijo que cuando abandone la política se dedicará «a la ecología». Acusado de «totalitario» y de ir hacia «un nuevo estalinismo», se rodeó de antiguos agentes del KGB. Vladimir Putin proclama casi a diario la fortaleza de la democracia y que la caída del comunismo no tiene vuelta atrás. Uno de sus éxitos fue la aprobación de una ley para destituir a los gobernadores regionales, lo que supuso una vuelta al centralismo. «No es comunista ni anticomunista, es postcomunista», comenta un asesor. Pero Putin ha aprendido a decir a cada interlocutor lo que quiere oír. Ha cortejado a comunistas, liberales, empresarios y obreros y con todos ha tenido gestos a favor y en contra. Pero tras un año en el Kremlin, aún no se ha despejado la incógnita: si ejerce el poder o es un «portavoz» de otros.