Niki de Saint Phalle, la historia de la mujer que esculpió la vagina más grande del mundo

La Voz REDACCIÓN

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CHRISTIAN HARTMANN | REUTERS

La multicolor y ornamental obra de la artista francesa, nacida hace hoy 84 años, es un disfraz que esconde historias sombrías, de abusos y rechazo, uno de los mayores gritos sordos feministas de todos los tiempos

29 oct 2014 . Actualizado a las 17:24 h.

Niki de Saint Phalle aprendió a curar sus heridas creando, a pelear contra el rol que la sociedad les colocó a las mujeres, sin preguntarles si les gustaba o no, durante años y años. El conjunto de la obra de esta escultora francesa, tachada hace medio siglo de superficial y ornamental, es en realidad un complejo proceso de sanación, una catarsis -tal y como explicó en una ocasión el argentino Marcelo Zitelli que durante 16 años fue su asistente personal-, llega de garra y mensaje, que le ayudó a canalizar toda la agresividad y la violencia que sentía contra sus padres: él, un estricto católico burgués que abusó sexualmente de ella, y ella, una mujer que le transmitió su sentimiento de «maternidad no deseada», promovida por la infidelidad de su esposo durante el embarazo. El fruto de esta ira, de este enredo en las tripas, fue un transgresor compendio de trabajos, en forma de esculturas, que convirtió a la francesa, una vez que dejó este mundo, en unos de los grandes nombres del arte femenino de la segunda mitad del siglo XX.

Provocadora como pocas, Niki de Saint Phalle (1930-2000) empezó a darle forma, alrededor del año 1964, a una serie de voluptuosas figuras femeninas de alegres y chillones colores que más tarde se convirtieron en su santo y seña. Pero entonces, la también cineasta ya había limado las aristas de su personalidad y ya sabía hacia dónde deseaba encaminar su vida, ya tenía claro cómo domar su talento. Nacía 34 años antes, un 29 de octubre, tal día como hoy -Google le dedica hoy por ello uno de sus habituales doodles-, a pocos kilómetros de París, un lugar en el que su familia de banqueros de origen estadounidense se había asentado tras haberse arruinado en el crack de la bolsa neoyorkina.

Pronto, Niki de Saint Phalle regresó al continente americano, donde, además de formarse, hizo sus primeros pinitos artísticos. Comenzó trabajando como modelo fotográfica para distinguidas cabeceras como Vogue o Harper's Bazaary y empezó a experimentar con óleros surrealistas. Conoció al que pocos años más tarde se convertiría en su marido, dio a luz a sus dos hijos, Laura y Philips, se separó y, cansada de la segregación racial y la caza de brujas, regresó a la capital francesa. Detrás de su vuelta se escondía, además, otro motivo: una profunda depresión que la mantuvo internada durante un tiempo en un sanatorio y que nunca acabó de despegársele del todo.