Antoni Tàpies, un maestro más allá de las polémicas

Mercedes Rozas REDACCIÓN / LA VOZ

INFORMACIÓN

Algunos no han conseguido comprender el significado de los objetos comunes, las cruces y las manchas borrosas con las que el artista catalán estructura su obra. Cuestionan si el trabajo del catalán es verdaderamente arte o simplemente un negocio

13 dic 2013 . Actualizado a las 22:44 h.

La obra de Antoni Tápies no deja indiferente a nadie. Una cosa está clara. Sus creaciones han promovido un debate permanente que se dilata más allá del propio trabajo del artista catalán, alcanzando al arte en general del siglo XX. ¿Arte o negocio? Es el gran dilema del espectador frente a una obra del visionario artista.

Antoni Tápies se sumergió en el mundo del arte de forma circunstancial. Una larga convalecencia que le mantuvo ingresado en un sanatorio le brindó la oportunidad de descubrir sus habilidades para el dibujo reproduciendo cuadros de Picasso y Van Gogh. El catalán se hizo además melómano escuchando a Wagner y Schönberg, y entró en el mundo de la lectura con Proust, Mann y Sartre. Horas interminables de reposo y silencio le empujaron a escuchar música, leer poesía o ensayo, acercarse a la cultura oriental, reinventar la pintura de otros y, lo más revelador, dar rienda suelta a su propio talento. Eran los primeros años de la década de los cuarenta.

España acababa de salir de una contienda fraticida que había dejado un gran poso de rencor y una represión que duraría más de cuarenta años, un contexto que -escribe Valeriano Bozal en su última publicación El tiempo del estupor- «retrasó el tiempo del arte y la cultura en nuestro país». Como algunos otros artistas de la época, Antoni Tàpies pronto relacionó dictadura con Academia y realismo con tradición,por lo que decidió iniciar su viaje en el mundo del arte en dirección contraria a lo que se imponía desde el poder. Hubiera podido, si hubiera querido, infiltrarse por completo en la pintura figurativa, pero consideró que bastaba con la rica simbología de la realidad metida en la tela.

La trayectoria de Antoni Tàpies fue desde el principio una carrera sin retorno en pos de la búsqueda de la materia. Empezaría por los collages, que no hacía mucho habían inventado Picasso y Braque, y, sin más aspavientos, uniría al gesto de la pintura todo tipo de texturas: arrugaba y cosía las superficies, pegaba arpilleras, hacía incisiones... La introducción de objetos, que llegaron a negar el origen de lo pictórico, vendría después. Así nacerían algunos ensamblajes donde lo tridimensional terminaba por imponerse incluso a los graffittis que los invadían.

Sin dejar de explorar, y animado por su amigo Chillida, Antoni Tàpies se mete de -lleno años ochenta- en la cerámica. Un largo recorrido que vuelve a los orígenes, al terreno de lo primitivo, porque nada hay más ancestral que el trabajo con el barro. En este sentido, Tàpies ha sido, desde siempre, un gran admirador de ancestrales culturas como la africana o la asiática, una consideración que dejó ver no solo en su producción plástica sino también en sus publicaciones. En el libro El arte y sus lugares recoge obras de distinta procedencia señaladas por las huellas de lo primario e ingenuo. Quizás, por esto mismo, también los maestros de Antoni Tàpies han sido Klee y Miró.

Las exposiciones de Antoni Tàpies se conformaban de piezas realizadas en materiales tan diversos como lava, tierra, esmalte o barniz. Pinturas, esculturas y dibujos que llevan impresa la indocilidad de los materiales con la rugosidad, las irregularidades caprichosas de las superficies y los tonos del barro a flor de piel. Estigmatizándolos, están los signos que definen toda la trayectoria artística del genio catalán.

La aparente anarquía de su trabajo lo vinculó irremediablemente con el art autre, definido por el crítico Michel Tapié como una estética de lo informal donde lo espontáneo y lo irracional justifican su existencia. Pero, en las creaciones de Antoni Tàpies existe un componente que lo aparta en cierto sentido de las teorías del francés. Es el humanismo presente físicamente en la participación de fragmentos humanos -pies, manos, cabellos, cráneos- y constante en la carga intelectual que está detrás de todo esto. Porque Tàpies mantiene la coherencia de quien se ha interesado por la lectura, hasta convertirse en un bibliófilo consumado, ha penetrado en el pensamiento oriental o ha buscado en las cosas cotidianas más triviales la inspiración de su arte.

Ganas de tocar sus obras

Cuando se está delante de una obra de Antoni Tàpies, lo que apetece es saltarse todas las normas y acercarse hasta acariciar los relieves de la pintura, tentar la corpulencia de sus arpilleras, hurgar en los huecos de la tela o perderse en la inmensidad de esos blancos y negros que campan a sus anchas por toda la superficie del cuadro. Su creación produce una atracción especial y, a poco que se profundice en ella, arrastra a la empatía. Pero necesita una iniciación.

Para llegar a desentrañar las claves del lenguaje de Antoni Tàpies se requiere no olvidar al joven artista avido de conocimiento y devorador de cualquier tipo de trabajo creativo. Cuando en 1950 realiza su primera muestra individual, sus ideas políticas están abiertas ya al marxismo. Cinco años más tarde, es su pintura la que se abre al informalismo. La poética de la materia entra volcando la espiritualidad del gesto sobre el cuadro, transformado ahora en un recinto sagrado con muros ocupados por pintadas, donde elementos como una vieja silla o una puerta abandonada dejan de ser objetos apocados e intrascendentes para convertirse en memoria.

El concepto del mundo poco a poco se va haciendo en Antoni Tàpies más universal y, también, más íntimo. Los signos adquieren el significado de objetos y, mientras otros pintan la realidad que se ve desde una ventana, él pinta la inmortalidad de una cruz o una flecha, inserta pensamientos escritos y da vida al rojo de una pequeña mancha. La ventana para Tàpies es el propio cuadro, que se llena con aportaciones cotidianas, desde un simple sobre de papel a una cuerda o un calcetín, porque para él toda huella es susceptible de mostrarse con emotividad.

Quizá no es fácil esa primera percepción, porque la de Antoni Tàpies es una propuesta compleja en la que no solo cuenta lo que se ve, sino lo que hay detrás; y detrás existe una idea libre del arte, desembarazada de clichés academicistas, que necesita de la poesía de san Juan de la Cruz tanto como de la de Valente, que ama la tradición, pero precisa del presente para reinventarse. Con todo, no siendo fácil ese primer encuentro, cuando el diálogo se produce, lo difícil es desengancharse.

El espectador contempla un cuadro y quieres tocarlo, sumergirse en su espacio, sentir su calado emocional. Después, las afecciones van encadenándose como, en ejemplo del propio Tàpies, se enlazan unas a otras las cerezas en un cesto. Su obra echa mano siempre de lo humilde. Ella misma es humilde. Y en esto coincidía con la personalidad de su autor. En 1996, el Auditorio de Galicia en Santiago, bajo la dirección de Xosé Denis Hombre, le dedicó una soberbia antológica y Antoni Tàpies vino a inaugurarla. Atendió a todo aquel que se le acercaba y mostró un interés especial por el trabajo de los más jóvenes. Aquel personaje respetado desde la distancia, se volvía familiar y comunicativo en la cercanía. Igual que su obra.