Federico García Lorca y su tesoro gallego

Hace 75 años que se conoció la existencia de los «Seis poemas galegos», el libro autóctono del siglo XX más reeditado, traducido y versionado


Redacción / La Voz

Federico García Lorca, el poeta más traducido en castellano, dejó para la eternidad en el mundo un auténtico tesoro en gallego que se daba a conocer el 13 de junio de 1935, hace ahora 75 años, cuando el semanario compostelano Ser avanzaba la publicación de los Seis poemas galegos. Lo anunciaba como novedad para el 25 de julio, y presentaba el libro de Federico García Lorca como «lección para la caterva mesta de descastados, cursis y analfabetos que consideran al gallego como dialecto de gentes bajas, en un alarde de mimetismo suicida y canalla». Otros medios de Galicia, y del exterior, se hicieron eco de la primicia en las semanas siguientes. Pero hubo que esperar hasta el 27 de diciembre, fecha que figura en el colofón, para que el ansiado proyecto se convirtiese en realidad.

En el tiempo transcurrido desde entonces, este poemario, el único que Federico García Lorca no publicó en castellano, tuvo un gran éxito y fue el libro en gallego del siglo XX más reeditado, traducido y versionado. Críticos, estudiosos y artistas muy diversos, de la comunidad y del exterior, sintieron una desmesurada atracción por esos 138 versos del poeta andaluz, para los que no se han ahorrado elogios.

El proceso de tan singular trabajo literario parece hoy sencillo. Se debe, ante todo, a la voluntad de Federico García Lorca para escribir en gallego. Lo hizo incitado y con colaboración de Ernesto Guerra da Cal, ferrolano que era buen amigo suyo e incluso actor dirigido por él en el grupo madrileño Anfístora, y que, según las propias palabras de Lorca, hizo una labor de «diccionario viviente»; y con la ayuda de Eduardo Blanco-Amor, que contribuyó al haber conseguido que el autor andaluz los cediese para publicar, y de Ánxel Casal, que ofreció su disponibilidad para editarlos en la empresa compostelana Nós. Pero llegar a esa conclusión sobre la incursión al gallego de Federico García Lorca no fue sencillo, y es el resultado de una larga polémica y de hipótesis muy variadas, siempre en Galicia y con repercusión exterior.

Los poemas gallego de Federico García Lorca, bien recibidos en Galicia

Los poemas de Federico García Lorca en gallego -Madrigal â cibdá de Santiago, el único publicado antes, desde 1932, en Galicia, Madrid, Argentina y Cataluña; Romaxe de Nosa Señora da Barca, Cantiga do neno da tenda, Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta o Vella cantiga, Nouturnio do adoescente morto y Danza da lúa en Santiago, además de un prólogo de Eduardo Blanco Amor- tuvieron una recepción afortunada en la Galicia de finales de 1935 y 1936. Álvaro Cunqueiro les dedicó dos trabajos periodísticos, el primero antes incluso de la edición, en el que demostraba que conocía bien los documentos

En aquellos artículos iniciales se destacaba cómo el ya reputado e internacionalmente triunfante Federico García Lorca conectaba con una tradición que se remontaba a la Edad Media, cuando Alfonso X, Villasandino, el marqués de Santillana y otros poetas de diversos pueblos y lenguas componían sus versos en gallego-portugués. En ese sentido se manifestó también, el 12 de enero de 1936, en La Voz de Galicia, Antón Villar Ponte, quien en una recensión del poemario afirmaba que «Federico García Lorca, el poeta andaluz y gitano más grande de hoy, viene a continuar la tradición, juntamente con algunos poetas catalanes e iberoamericanos» y agregaba que «los seis poemas gallegos del autor de Yerma son dignos de quien los ha escrito». Ánxel Fole, Luís Manteiga, Roberto Blanco Torres y Augusto María Casas destacaron también, antes de la guerra, aquel acontecimiento.

Federico García Lorca y Casal serían fusilados en agosto de 1936. Después del fin oficial de la contienda, el propio Castelao, en Sempre en Galiza, escribía que «O noso idioma ten tal fremosura que un poeta andaluz como García Lorca -o poeta mártir-, non foi quen de resistir o seu engado e compuxo poemas en galego». Entonces solo aparecían tres nombres implicados: Federico García Lorca, Blanco Amor y Ánxel Casal. El de Guerra da Cal emerge en 1945, cuando Carlos Martínez-Barbeito revela su participación en la revista madrileña El Español; y en 1948 lo corrobora Blanco Amor en La Hora de Chile.

El testimonio de Blanco Amor más citado se difundió en el verano de 1959, en el monográfico que la revista Ínsula dedicó a las letras gallegas; y reiteró su versión, no siempre coincidente, en otras ocasiones, una de ellas en 1974, en La Voz de Galicia. Estudiosos y especialistas discutían si Federico García Lorca había escrito directamente en gallego, con colaboración, o si esos poemas eran una traducción. En 1974, Teresa Babín, la mayor especialista en Federico García Lorca de la Universidad de Puerto Rico, lamentaba el poco interés que suscitaban en muchos críticos, que los ignoraban al estudiar la poesía lorquiana, y ella hizo un demorado estudio y traducción al castellano.

Críticos ilustres valoran los poemas de Federico García Lorca

Pero sí valoraron el legado gallego de Federico García Lorca ilustres críticos: Ángel del Río, Feal Deibe o Manuel Jato Macías en Estados Unidos; Dámaso Alonso y Guillermo Díaz Plaja en España; André Belamich y Marie Laffranque en Francia; Francesco Tentori y Paolo Caucci en Italia; y otros. Circulaban en volúmenes como Ocho siglos de poesía gallega (1972), de Carmen Martín Gaite y Andrés Ruiz Tarazona. Y en numerosas lenguas en que se divulgaba Federico García Lorca, el escritor español más traducido, junto con Cervantes.

En Galicia en los años setenta aumentó el interés por estos poemas de Federico García Lorca. Además de en la prensa, Franco Grande y Landeira Yrago (este se había ocupado de los poemas en Brasil, en un libro sobre Lorca) en Grial, y Alonso Montero en diferentes lugares, junto a la legitimación de la cátedra de gallego de la Universidade de Santiago que ostentaba Ricardo Carballo Calero, promocionaban este poemario de Federico García Lorca, que valoraban del mayor interés para prestigiar el idioma propio y contribuir a su incipiente normalización.

Los poemas de Federico García Lorca sonaban en partituras de varios compositores, a quienes se unió en 1978 Xoán Rubia, con una versión para ayudar a popularizarlos. En 1981 Mario Hernández hacía su primera gran edición moderna. Y en 1984 César Antonio Molina los calificaba de «milagro» en un estudio.

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