Vidas cruzadas en el sur de África

Un español que lucha por el Transvaal acaba preso en Ceilán. Un bóer que logra fugarse de sus captores británicos se convierte en una atracción en Ferrol


Redacción / la Voz

¿Qué sucedía en el sur de África? En la calle, en los cafés... De la lectura de los periódicos saltaban nombres lejanos -Johannesburgo, Pretoria, Potchefstroom- y se repetían como no volverían a hacerlo en cien años, hasta el gol de Iniesta. Aquella esquina del mundo andaba metida en una guerra que por aquí parecía propia. Aún frescas en España las palizas yanquis de Cuba y Filipinas, a unos tales bóeres, épicos guerrilleros habitantes del Transvaal, se les estaba echando encima otro imperio, el británico. Y, por descontado, tenían nuestras simpatías como país pequeño y recién humillado. De la misma forma que tenían las de media Europa.

Así las cosas, se entiende el impacto de noticias como esta: «A bordo de la corbeta de guerra Nautilus, anclada en el puerto de Ferrol, de regreso de su último viaje, acaba de llegar para cobijarse en la hospitalaria tierra española un bóer auténtico». Venía de participar en incontables «hechos de armas, todos ellos revestidos de la simpática aureola de la modestia que adorna a los batalladores sudafricanos, que no obtienen recompensas, que escriben sus valentías en páginas anónimas».

En poco tiempo había pasado «de la salvaje libertad del campo de batalla a las estrecheces del cautiverio en la isla de Santa Elena», aquella en la que los británicos encerraron y enterraron a Napoleón, y donde precisamente hizo escala la corbeta española. Varios tripulantes bajaron a tierra para visitar la antigua tumba del emperador, y durante su paseo conocieron a un tal «Jhon Ralderachi», que en perfecto castellano solo hizo una pregunta: «¿Cuándo se marchan ustedes?».

La fuga de Santa Elena

Poco antes de la hora que le habían dicho, un bulto apareció flotando cerca del barco. «Ese é un peixe», dijo un marinero. Y se largó la escala para que «nuestro bóer», tras nadar «tres millas alimentando risueñas esperanzas», subiese a bordo.

Así llegó a Ferrol, donde su presencia despertó «vivísimas simpatías». Cuando «por fin bajó a tierra», «algunos que le conocían se agruparon a su alrededor. Seguido de numeroso acompañamiento que se engrosaba en la carrera, subió al centro de la población, y las gentes salían a puertas y balcones para verle, no oyéndose otras exclamaciones que estas: «¡Ahí va el bóer!».

Su estancia en la ciudad también «la dedicó al sport ciclista. Recorrió la población montando una moderna bicicleta, cuyo dominio justificó». Y fue «al Mercado Central. Su presencia allí produjo gran movimiento de simpatía entre las vendedoras. Recorrió todas las naves, oyendo exclamaciones muy afectuosas. Una florista le regaló dos ramos de flores».

Mientras el bóer disfrutaba de España, en otras latitudes iba ya mediada «la odisea de Enrique Escribano del Pino», un español que había «compartido con los naturales del Transvaal las armas» además de «las estrecheces del cautiverio». Escribano «se fue directamente al Transvaal para pelear al lado de los bóeres, y allí cayó en poder de las tropas británicas». Fue enviado a Ceilán, al campamento de Ragama, «con todos los demás prisioneros europeos».

Legión extranjera

El joven aventurero, de solo 18 años e hijo de un coronel, era «aplicado, inteligente, de gran facilidad para aprender idiomas», y sus padres lo habían empujado a viajar «con el fin de fomentar esas aptitudes». «Había recorrido Egipto y Palestina, y desde Jerusalén decidió regresar a España. Allí le remitió su familia fondos para el viaje, y cuando contaba con que llegaría a Madrid, vio con zozobra que pasaba el tiempo sin recibir noticias. Por fin vino una carta...». Por lo visto, «al llegar al canal de Suez se le había ocurrido ir al Transvaal a estudiar una guerra que tanto le entusiasmaba. Poco después, otra carta de Pretoria participó que acababa de inscribirse como voluntario en la legión extranjera [...]. Después vinieron otras cartas reseñando episodios de aquella guerra, y, por último, las que noticiaron la prisión y el traslado a Ceilán». Las peticiones para que fuese liberado solo obtuvieron una respuesta: «Ha tomado las armas contra Inglaterra y no merece indulgencia alguna».

De Ralderachi poco más se supo. Un año después andaba «rodando por los pueblos», contando su historia. Escribano fue repatriado, entró en el Ejército y compuso varios libros. Se dice que uno se titulaba Dos años en Ceilán.

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