«¡A vacunarse todos!»

Desde que Jenner y Pasteur administrasen los primeros antígenos, las campañas de inmunización han tenido que combatir a menudo reticencias vanas e inexplicables


Redacción / la Voz

«¡A vacunarse todos!», llama un titular de 1913. El ministro de la Gobernación, Santiago Alba, quiere explotar un notable éxito: «Debido a las medidas adoptadas por las autoridades, ha decrecido la peste variolosa». Pide a sus compañeros de Gabinete que secunden «su actitud, vacunándose ellos y sus familias, para dar ejemplo, y ordenando que se vacune también el personal de los departamentos respectivos». Confía Alba en que, de este modo, «desaparecerá el prejuicio que reina contra la vacuna, de la que creen algunas gentes que es contraproducente».

Ha pasado ya un siglo, en el que la inmunización ha sido más efectiva contra los patógenos que contra algunas mentes. Se ha visto esta semana en A Coruña, la misma ciudad desde la que en 1803 partió la expedición Balmis a repartir por el mundo hispano la vacuna de la viruela.

La seudociencia se empecina en buscarle los tres pies a la vacuna y regalar alternativas. Es querella vieja. Noticia de 1887: «El gobernador de Málaga ha encontrado [...] una planta [...] que tiene la propiedad de curar la rabia». Lleva apostilla: «Entonces el Instituto Pasteur de París está en crisis y acaso se consiga que acabe la hidrofobia universal. Cantando malagueñas»...

La viruela y la rabia, para las que Edward Jenner y Louis Pasteur, respectivamente, hallaron los primeros medios de prevención, eran por entonces un azote. Notas como las que siguen no se contaban por docenas, sino por cientos. «En Cedeira continúa sin aminorar la intensidad de la peste variolosa. El alcalde de aquel término comunicó al gobernador que ha fallecido allí, de viruela, la niña Encarnación Fernández Pérez [...]. También en Sobrado, Oroso, Boimorto y Corcubión hay apestados». «Se enviaron ayer 184 tubos de linfa vacuna a los ayuntamientos de Vedra, Neda, San Saturnino, Cedeira, Enfesta, Rois, Valdoviño, Capela, Cerdido, Rianjo, Carral, Mugía, Oleiros, Camariñas, Carballo, Finisterre, Corcubión y Laracha para que se proceda a la vacunación de los vecinos».

De las ubres de la vaca

Además de los tubos, existía la posibilidad de «inmunizarse directamente de la ternera», explicaban anuncios de institutos como el que dirigía el doctor Pérez Costales. De la ubre de la vaca provenían los antígenos que Jenner había descubierto a finales del siglo XVIII (y del propio animal, el nombre del remedio). De modo que los centros de vacunación criaban reses para tenerlos disponibles.

Por otro camino llegó Pasteur a la antirrábica, en 1885, apenas un año antes de que en Ferrol «un perro hidrófobo» atacase a varios vecinos. Se trataba de algo que ocurría casi a diario, pero este caso era especial. «Aún hay tiempo para que el Ayuntamiento [...] subvencione a los heridos para que vayan a París e ingresen en el Instituto Pasteur. Que es lo que viene haciéndose en todos los pueblos cultos de Europa». Y así sucedió. «Dos ancianos» contagiados viajaron a Francia, desde donde pasadas unas semanas se recibió comunicación: «Encuéntranse en un estado satisfactorio de salud».

No tardó en abrir en Pontevedra el Instituto Provincial de Vacunación Antirrábica. Este es un balance de la institución, recogido por el periódico: «En el segundo semestre del año próximo pasado han sido sometidas al tratamiento [...] 42 personas mordidas por perros hidrófobos, y una por un gato. De ellas, 26 pertenecen a aquella provincia, dos a la de La Coruña, cinco a la de Lugo y nueve a la de Orense, considerándose todas curadas».

«Obligatoria para todos»

El médico compostelano José García Ramos denunciaba en 1910 el caso de una mujer natural de Mesía a la que le habían negado en A Coruña la cartilla de vacunación de la viruela «a pretexto de que no era vecina de este ayuntamiento». «¿Qué objeto se persigue al facilitar gratuitamente este tratamiento profiláctico?», se preguntaba. «Sin duda alguna, evitar que estalle la epidemia variolosa», que «será inevitable si se ponen reparos a facilitar la papeleta». Decía García Ramos que era de sentido común inmunizar a toda persona que lo reclamase, fuese «nacional o extranjera, mora o china». «Es más, la vacunación y revacunación debiera ser obligatoria para todos los habitantes».

A finales de los cincuenta se puso en marcha una campaña mundial para acabar con la viruela. La idea no partió de un laboratorio farmacéutico, sino de la Unión Soviética. Hubo que esperar tres decenios para que la OMS pudiese declarar, por primera vez en la historia, que una enfermedad había sido «erradicada de la tierra». «El suceso es extraordinario», celebraba en La Voz el pediatra José Peña Guitián, que recordaba que este mal «fue un verdadero azote de la humanidad» y que su extinción se había logrado con «la utilización masiva de la vacunación». No cantando malagueñas.

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