El entroido, en el banquillo

Cuando el carnaval intenta prolongarse a costa de la Cuaresma, puede ocurrir que la fiesta irreverente no termine con el entierro de una sardina, sino ante un jurado


Redacción / la Voz

Mientras en la iglesia se impone la ceniza, en la calle se entierra la sardina, y, salvo prórroga en forma de entroido pequeno, toca decir adiós al carnaval. La solemnidad y la irreverencia intentan soportarse mutuamente... si es por un día. Harina de otro costal es que la fiesta ose invadir el territorio de la Cuaresma. Sobre todo, si los vecinos «tienen un párroco tan celoso de los fueros del ministerio que ejerce, que suele ofuscarse muy a menudo», como era el caso del que velaba por las almas de Ares en 1891. Aquel año andaban «varios señores [...] tratando de organizar el entierro del carnaval para realizarlo el Domingo de Piñata». Es decir, cuatro días fuera de tiempo. Se enteró el cura y, «creyendo que con ello se ofendería la religión y la moral, díjoles que no consentiría tamaña diversión».

«No conocemos la ley que lo prohíba ni tampoco se nos alcanza qué ofensa pueda inferir a la moral y a la religión», apostillaba La Voz a la noticia. Y concluía: «Parécenos, por lo tanto, que los vecinos de Ares harán muy bien enterrando al carnaval el Domingo de Piñata. No es menester para ello cura alguno, y por consiguiente, sin el concurso del párroco bien puede pasarse. A no ser que en Ares sea costumbre enterrar al dios de la locura como se entierra a los cristianos, en cuyo caso, los vecinos de aquella villa harán muy bien dejándolo insepulto».

Por aquel entonces, el arzobispo de Santiago «dirigió una comunicación al alcalde, manifestándole su desagrado por la manera con que se anunciaba el entierro de la sardina, excitándole a que se prohibiera, pues hería los sentimientos de los católicos». Pudiera parecer que había una cruzada contra el entroido (de hecho, el periódico llamaba la atención sobre «el número creciente de causas incoadas [...] a propósito de diversiones tan antiguas y generalizadas») y que la promovían las autoridades eclesiásticas. Pero tampoco las civiles estaban entusiasmadas con lo que el vecindario, aprovechando la barra libre carnavalesca, les dedicaba, por lo que también daban rienda suelta al placer de prohibir. Por ejemplo, en Tui «el entierro de la sardina verificado el miércoles de ceniza concluyó como el rosario de la aurora. Parece que el alcalde mandó retirar la mascarada en mitad de la calle y que hubo en su consecuencia prisiones y bofetones».

Ni caso al cura

La cuestión es que en Ares le hicieron más caso a La Voz que al cura, y el Domingo de Piñata se entregaron a la despedida del carnaval. Varios de los «veintinueve individuos que [...] tuvieron la humorada de efectuar [...] contra el parecer del párroco» el entierro de la sardina hubieron de sentarse después ante un tribunal.

Un par de meses antes del juicio, se vio otra causa similar en Carballo. Denunciados por el párroco de Leiloio (Malpica), ocho vecinos fueron acusados de un «delito de escarnio público de ceremonias del culto católico». El fiscal «interesó del jurado un veredicto de culpabilidad, mas los jueces, conterráneos de los inculpados y tan conocedores de las costumbres y tradicionales expansiones de la población [...] como advertidos del resultado contraproducente que suele asegurar un excesivo celo religioso, dictaron veredicto absolutorio, que fue muy bien recibido por el numeroso público que desde las doce de la mañana concurrió a las sesiones».

Con este precedente, llegó el día del juicio contra los de Ares «por escarnio de las ceremonias católicas». El fiscal «acusó a los procesados del mencionado delito, que no existe, a juicio del letrado señor Sors, según demostró en una razonada, elocuente y lucidísima defensa».

La pregunta al jurado, por cada uno de los acusados, fue: «¿El procesado es culpable de haber tomado parte directamente en el entierro de la sardina que en la noche del 15 de febrero de 1891 se celebró en el pueblo de Ares, escarneciendo públicamente por medio de dicho entierro las preces religiosas con que la Iglesia honra a los fieles que mueren dentro del catolicismo?». Solo se oyeron noes.

Porque la fiesta de don Carnal es, «ciertamente, de las que piden sana tolerancia y exquisita prudencia».

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