Redacción / la Voz

Marte era incluso más fascinante cuando no teníamos ni idea de qué había en él. En averiguarlo se consumía más imaginación que lógica: un puñado de astrónomos abonaban la idea de un planeta poblado por una civilización avanzada. Hoy, perdida esa magia, con decenas de artefactos girando alrededor del astro o plantados en su superficie inhóspita, lo más creativo es enviar un coche a su órbita (parece que al final pasará de largo). Aun así, la extravagancia de Elon Musk de lanzarle su Tesla en un cohete no es nada.

Así estaba la cuestión marciana en 1900: «El proyecto de comunicación del planeta Marte con la Tierra [...] vuelve a ser tema de un interesante trabajo, en que pone su ingenio y su talento [...] M. Mercier. Este sabio afirma también que dicho planeta está habitado por seres con una inteligencia parecida a la nuestra [...]. El sistema de comunicación que propone es el mismo que el de Flammarión: construir grandes triángulos luminosos que puedan ver los habitantes de Marte». Esta noticia en primera página, un par de años después de que H. G. Wells publicase La guerra de los mundos, refleja el pensamiento de la época respecto al planeta rojo.

Desde hacía tiempo, venía insistiéndose en que los marcianos trataban de comunicarse. «Falta corresponder al cortés saludo que nos dirigen nuestros semejantes del infinito. Pero ¿de qué manera?», decía una nota de 1896. El asunto era importante. Una rica dama dejó en su testamento «una manda de 100.000 francos a la sección de ciencias del Instituto de Francia», como premio a quien descubriese «el medio de comunicación entre la Tierra y cualquiera de los astros». Al parecer, la mujer «en los últimos días de su vida empleó el tiempo leyendo las producciones [...] del astrónomo eminente Camilo Flammarión, en las cuales describe de un modo magistral la manera de ser y las condiciones del planeta». Tales condiciones eran, en resumen, estas: «La vida allí debe parecerse en todo a la nuestra».

La creencia provenía de las observaciones de Schiaparelli y de Lowell, que descubrieron en el paisaje marciano lo que llamaron canales. No podían ser obra más que de seres inteligentes que luchaban contra una gran sequía. «Marte entró en la última fase de su vida. Así lo anuncia el astrónomo americano Percival Lowell [...]. Según él, es un planeta aún vivo, en el que habitan seres vivos, pero ya entró en el período agónico. El agua falta, se hace a cada paso más rara, y la disecación [...] está ya muy adelantada».

«Colegas» marcianos

Por aquel entonces, «uno de los auxiliares de M. Pickering, director del observatorio astronómico de Harvard [...], percibió una larga hilera de luces muy vivas, formando una línea recta de muchos centenares de kilómetros de extensión» en el planeta rojo. Conclusión: «Ha podido suceder que algunos colegas del planeta Marte hayan tratado de ponerse en comunicación con la Tierra por medio de señales luminosas». Se imponía «estudiar el medio de contestar». El doctor Todd, de Boston, hizo una propuesta. «Construiré un globo gigantesco. En él subiré a la mayor altura posible [...]. Con aparatos de telegrafía sin hilos, intentaré recoger las ondas eléctricas que emanan de Marte, y estableceré un cambio de señales con los habitantes». Nadie contestó. Todd volvió a intentarlo en 1920. Parece que también sin éxito...

Durante años, las comunicaciones fallidas fueron un no parar. Fue en 1938 cuando a otro Wells (Orson) se le ocurrió hacer realidad el contacto con los marcianos. Retransmitió por radio La guerra de los mundos, cambiando los topónimos de la novela por los nombres de ciudades norteamericanas. El resultado fue que «cientos de miles de radioyentes, presa de histeria colectiva, temieron que había llegado el fin del mundo [...]. Enloquecidos de terror, salieron a la calle, abandonando sus hogares, las iglesias y los cines».

En un artículo de 1922, Francisco Camba ironizaba sobre las comunicaciones con Marte. Basta con el título: «Casi es mejor que no nos diga nada».

Votación
3 votos
Comentarios

Tierra llamando a Marte