Suceso misterioso: ¿Crimen o suicidio?

Una mujer aparece muerta en su casa con dos disparos y una nota en la que pide que no se investigue a nadie, pero el juez ordena la detención inmediata del novio


Redacción / la Voz

El pequeño César Pardo vivía con su madre en un bajo de la coruñesa travesía del Curro. Tenía 9 años. Era domingo. A eso de las siete de la mañana subió al piso de su tía Consuelo, en la buhardilla del edificio, como cualquier otro día. La puerta estaba cerrada, pero «se abría desde fuera y el niño sabía hacerlo perfectamente». Entró, «advirtió a Consuelo sentada en un sofá y la creyó dormida. Cogió un bastón y bajó a jugar con él a la calle». La madre, «al verle el bastón, le mandó que lo subiese. Así lo hizo el niño, y entonces ya se creyó en el caso de llamar a su tía. “¡Consuelo!”, gritó sacudiéndola. César vio entonces que la pobre muchacha tenía la cara ensangrentada».

De esta forma contaba La Voz el 27 de julio de 1909 el hallazgo del cadáver de Consuelo Bregua. La causa de su muerte constituyó, en los primeros momentos, un misterio. Los funcionarios judiciales que examinaron el piso encontraron junto al cuerpo «un trozo de papel con unos renglones escritos y firmados» por la mujer. Pedía que no se investigase a nadie, que se mataba «cansada de la vida». Cerca, «al pie de una mesilla, veíase en el suelo un revólver sistema Smith, con cinco cápsulas, dos vacías, una con señales de haber fallado y las otras dos enteras. En el medio de la salita donde ocurrió el suceso, había un velador-centro con una fuente en la cual se veía un resto de riñones con tomate y al lado dos platos y dos cubiertos. Uno de los platos estaba limpio. El otro presentaba señales de haber comido en él el manjar que contenía la fuente».

El cuerpo de Consuelo, «bellísima muchacha de 28 años, muy conocida entre las gentes por su historia galante y por su traza gentil y donairosa [...], presentaba dos heridas de bala, una en la sien derecha y otra en el lado derecho superior del cuello».

Reconstrucción con maniquí

A pesar de la nota de suicidio, «en la calle circulaban rumores nada favorables a José Munz», el novio de la joven, «hijo de una respetable familia alemana» que residía en la ciudad. Poco después, «el juez de instrucción, señor Rodríguez Rey, dio orden de detenerlo, y un guardia municipal fue a buscarlo a casa de sus padres, encontrándolo en la cama». Munz fue encarcelado. Desde el principio defendió su inocencia. La autopsia y los informes de los forenses no fueron concluyentes. Había entre ellos división de opiniones acerca de si existía alguna posibilidad de que la propia mujer se disparase dos veces. Se reconstruyó el suceso con «un maniquí sentado en una silla», que se vistió con «la chambra blanca que perteneció a Consuelo», aún con las marcas de un fogonazo «extraño y sospechoso».

Pasaron casi tres años hasta el juicio. Las declaraciones de los testigos fueron poco favorables a Munz, defendido por un joven desgarbado y de aspecto enfermizo que era concejal y llegaría a presidente del Consejo de Ministros, Santiago Casares Quiroga. Varias personas situaron a José en la escena del suceso más o menos a la hora de la muerte de Consuelo: una vecina lo vio llegar, otra testificó que oyó una fuerte discusión al otro lado de la pared de su casa, una más dijo incluso que presenció en el portal una amenaza de muerte...

También compareció el prestigioso médico Rodríguez Martínez. Fue contundente. Indignado con las conclusiones de otros colegas, dijo: «Se han traído a este proceso, me parece a mí, una porción de alharacas para la galería. Aquí hacía falta justicia; aquí hacía falta despertar la conciencia pública adormecida por el matonismo local que tan bien estudió en una luminosa memoria el señor Casares; porque en La Coruña se dan muchos crímenes pasionales, de esos que se llaman pasionales, y que consisten en matar mujeres». Y, apoyándose en las pruebas, sentenció: «No hay tal suicidio».

El jurado le hizo caso. Al oír el veredicto, Munz se levantó «nervioso, excitado» y gritó: «Juro que soy inocente ante Dios, si es que hay un Dios. Es un crimen que el público comete conmigo». Semanas después fue conducido al penal de Ocaña «para extinguir la condena de 15 años [...] que le fue impuesta».

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