Peripecias de un dentista de feria

Antes de que la profesión «fuese elevada a categoría superior», muchos odontólogos se ganaban la vida de pueblo en pueblo «a fuerza de oratoria, tirones y tajos»


Redacción / la Voz

Desde que en 1876 salió de su casa, en Palas de Rei, José Vilariño Viña se ha dedicado durante 28 años a recorrer España atajando dolores que se antojan «de las más terribles penalidades terrestres». Se gana la vida «a fuerza de oratoria, tirones y tajos», pues es dentista, además de callista, que, por una misteriosa relación entre bocas y pies, son oficios que en ferias y mercados suelen ir de la mano.

La llegada de un perito en extracciones es celebrada en cada pueblo como agua de mayo. No así en algunas ciudades que disponen de sus propios ingenieros del diente, como le ocurre a un luso orondo que un buen día se lanza a anunciar sus servicios a bombo y platillo por las calles coruñesas. «En una carretela iba arrellanado, con prosopopeya inverosímil, un hinchado personaje, vestido de tiros largos [...]. En el pescante, dos prójimos a guisa de secretarios, se encargaban de repartir saludos y sonrisas. Detrás, cuatro feroces murguistas soplaban con toda la fuerza de sus pulmones en sendos instrumentos de metal, arrancando acordes capaces de derribar de nuevo las bíblicas murallas de Jericó [...]. El personaje era [...] un inmenso dentista portugués que ha llegado [...] para quitarnos las muelas y que no repara en perderlas apelando a estos reclamos yankees».

En Ribadeo, Vilariño se topa con Tomás Pérez Montalbán, «un rapaz de 21 años, rubio y barbilampiño», «convertido (palabras del propio profesor odontológico) en ‘‘charlatán de pequeña escala’’», al que convierte en «asociado a su industria». «Lo que no vio es que detrás de aquella apariencia mezquina se ocultaba un vivo, capaz de jugarle la mala pasada que hoy deplora».

Pájaros de cuenta

Porque el tal Tomás resulta ser «un pájaro de cuenta». Durante una ausencia de Vilariño de la posada en la que ambos se alojan, Montalbán se queda solo, «enfrascado en la preparación de un maravilloso elixir». O eso le parece al dentista, porque en lo que realmente trabaja es en «la fórmula para [...] la filtración de todo el arsenal protésico-pedicuro del infortunado Vilariño». «Descerrajó una caja que abierta tiene más de dos metros y de altura 30 centímetros y extrajo de ella, con más limpieza que si se tratase de un raigón, todos los instrumentos concernientes a la doble profesión de Vilariño. Se llevó bisturís, estiletes, escarificadores, etcétera. Solamente de fórceps de distintas formas y aplicaciones había ochenta, y no dejó ni uno [...]. El instrumental robado vale por lo menos 2.000 pesetas».

El hurto es de piernas cortas. Al día siguiente, Montalbán llega a Lugo, pero cae ipso facto en manos de las fuerzas del orden. Mientras aguarda a que se celebre el juicio para recuperar sus pertenencias, la víctima lamenta que «su ruina es completa».

Y en la espera, Vilariño, quizás por haber perdido su medio de vida, se mete en problemas y también acaba entre rejas. «No desprecia cualquier ocasión que se le presente de engañar a algún incauto [...]. Interesó su captura el juez de instrucción [...] en virtud de una causa que se le sigue por estafa. Parece que Vilariño y otro sujeto de La Coruña embarcaron clandestinamente, sin billete, en uno de los vapores que últimamente salieron de este puerto para La Habana a dos individuos. Estos, al llegar el vapor a Vigo, fueron desembarcados y relataron a las autoridades de allí lo que les había ocurrido».

Finalmente, Montalbán se sienta en el banquillo, acusado de robar «a su amo una parte del instrumental de su industria [...], amén de un gabán, un alfiler del corbata y un tapete verde». El fiscal, que ya duda si no será Vilariño el auténtico pájaro de cuenta, retira su petición de «tres años y siete meses de presidio». Lo hace tras oír «un pintoresco relato» hecho por el propio Montalbán «justificando la fuga y poniendo en claro que los tales instrumentos le pertenecían. Por lo visto, el dentista figuraba como socio suyo [...], y era un socio que no pagaba». Así, «el defensor [...] se ahorró el informe, y magistrados, jueces populares y periodistas pudieron ir a almorzar temprano».

Por aquellas mismas fechas, «el ilustrado joven Carlos Mosquera» se convierte en «el primero que [...] de Galicia obtiene el título de odontólogo, desde que la profesión de dentista ha sido elevada a categoría superior».

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