El Zar que hizo grande al Celta

Siete futbolistas que compartieron vestuario con Mostovoi le recuerdan en el 20º aniversario de su fichaje


Vigo / La Voz

Cuando Alexander Mostovoi llegó a Vigo se sabía que no era un tipo cualquiera. Por muchos motivos. Lo que seguramente pocos imaginaban era hasta qué punto aquel internacional ruso de enorme talento y un temperamento de casi la misma magnitud iba a dejar su impronta en la historia del Celta. El Zar, como se le dio en llamar, comenzaba una etapa celeste de ocho temporadas en un día del que ayer se cumplieron 20 años, el 20 de julio de 1996. En aquel verano en el que también llegaron Mazinho o Revivo, comenzaría a gestarse un EuroCelta del que el de San Petersburgo fue pieza clave.

Al preguntar a excompañeros célticos de Mostovoi sobre él hay matices o percepciones diferentes en algún que otro aspecto. Pero hay una frase que se repite: «Es el mejor futbolista con el que he jugado, un tipo de otra galaxia». La pronuncia Patxi Salinas, testigo de su llegada a Vigo. «Como todos los grandes, era díscolo y complicado, por lo que necesitaba un período de adaptación mayor que el resto. Los dos primeros años fueron difíciles; cuando decidió que iba a dar lo mejor de sí, ofreció un rendimiento brutal que marcó el crecimiento del Celta. Significó un antes y un después».

Partícipe de esa progresión fue otro de quienes le vieron llegar, Juan Sánchez. «Tal y como empezó, con aquella pelea en un partido contra el Sporting y queriendo irse del campo, quién iba a decir que aguantaría ocho años», comenta divertido. E incide en que le costó hacerse a la idea de jugar en un equipo cuya meta era la salvación. Hasta que empezó a poner todo de su parte para contribuir a cambiar esas aspiraciones. «Tenía una calidad increíble y vio que con su aportación nos podía hacer crecer. Nos entendíamos muy bien y me dio goles increíbles. Era una suerte tenerle al lado».

Coincide Juanfran, que es de los que tiene claro que «era un jugador fuera de lo normal y eso incluía que jugaba cuando quería», esto es, cuando el reto le motivaba lo suficiente. «Había días que tú en el vestuario ya sabías que iba a hacer un partidazo. Y se cumplía. Considero que con él viví seguramente los mejores años de la historia del Celta», señala el valenciano. De él destaca también «no solo su calidad, sino también su inteligencia, la visión de juego que tenía. Hoy valdría muchísimo dinero». Hace dos decenios el Celta pagó por él 300 millones de pesetas, el fichaje más caro hasta ese momento.

La música que le volvía loco

José Ignacio, que compartió con él la temporada de Liga de Campeones -la última de Mostovoi- refrenda la teoría que todos constatan de que se crecía en las grandes citas. «Cuando sonaba la canción de la Champions se volvía loco. Para él eso era lo máximo. Le motivaba muchísimo», recuerda. Y subraya que era una persona «especial» a la que «había que querer como era». «No he conocido otro personaje como ese en mi vida. Lo que tenía de bueno como futbolista lo tenía de raro como persona. Pero le recuerdo con mucho cariño», dice. Le atribuye un espíritu ganador del que también formaba parte su gran temperamento. «En un entrenamiento en el que no te jugabas nada, a veces podía parecer que le iba la vida en ello. Lo mejor era dejarle estar un cuarto de hora y se le pasaba». Y también recuerda de él otra anécdota entre carcajadas: «Tenía cocodrilos en los bolsillos, siempre se dejaba la cartera en el coche. ¡Parecía que los percebes y los camarones para él siempre tenían que ser gratis!».

Un referente que «iba a su bola»

Desde la admiración de los ojos de un canterano le miraba en los años que coincidieron Pablo Couñago. «Penso que foi un dos xogadores máis importantes da historia. Lémbroo coma unha persoa introvertida, bo compañeiro e sen dúbida con un don para xogar ao fútbol», le define. Pero a mayores había otra cosa de él que le llamaba poderosamente la atención. «Gustábame moito que sendo o xogador máis importante do equipo ía a súa bóla. Era alguén de poucas palabras e a mellor para definilo a el é ‘especial’», subraya el redondelano.

Entre los que llegaron al equipo cuando Mostovoi ya era el Zar de Balaídos estuvo el central asturiano Sergio Fernández. En el momento de fichar sabía quién era y conocía sus cualidades. Pero tenerle cerca era otra cosa. «No era ningún desconocido. Pero yo tenía 22 años, salía de casa por primera vez y jugar con alguien así, de tanta calidad y que era el buque insignia del club impresionaba», admite. Como el resto de los excompañeros, incide en que detrás del carácter con el que siempre se le identifica, y que era una realidad, había «una buena persona, callado y tampoco tan difícil como se piensa». En lo futbolístico, recuerda montones de partidos, entre ellos «algunos emblemáticos como los de Benfica o Juventus, entre los históricos de aquel llamado EuroCelta».

Una idea que se repite es la extrañeza por el hecho de que Mostovoi no terminara en un equipo de los llamados grandes, o que no llegara a levantar ningún título a lo largo de su trayectoria. Tomás Hervás lo valora desde una perspectiva diferente. Alude como el resto a su calidad, a que «jugaba cuando quería, leyéndote los desmarques a la perfección» y a que en esas ocasiones «era un espectáculo», pero lo resume así: «Tenía un talento extraordinario con el que podía haber acabado en cualquier grande de la liga española, y sin embargo lo que él hizo fue hacer grande a aquel Celta».

Ese mérito no se lo discute nadie a un jugador que marcó 72 goles en 290 partidos y que con sus luces y sus sombras y sus adeptos y detractores tiene su nombre grabado a fuego en la historia del Celta.

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