Este duque no se trata con toreros ni folclóricas

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Carlos Fitz-James, en la visita al castillo de Moeche en el 2007
Carlos Fitz-James, en la visita al castillo de Moeche en el 2007 DANIEL ESPADA

Carlos Fitz-James Stuart, alejado del olor a farándula, mantendrá el patrimonio cultural

24 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

En realidad, la gran tarea que se marca por delante Carlos Fitz-James Stuart (Madrid, 1948) es mantener el patrimonio histórico de sus antepasados. Pero, además, su personalidad sobria, tan parecida a la de su padre (tiene el carácter prudente de los Sotomayor, según sus allegados) podría marcarle otra hoja de ruta paralela: alejarse del olor a farándula con el que impregnó su madre esa conexión sevillano-madrileña repleta de toreros, folclóricas y otros personajes advenedizos (según la particular mirada aristocrática, claro está) con los que el nuevo duque de Alba no se trata. Lo hará con diplomacia, pues lejos quedan ya los tiempos de su antepasado Fernando Álvarez de Toledo, con fama de sanguinario en media Europa por su participación en la guerra de Flandes (1568?1648). Más cercanos están las arrancadas por sevillanas de su madre en plena calle. Carlos se pone al frente de la Casa para defender su prestigio. Desde el pasado jueves, sobre él recae el peso de los dieciocho duques que le han precedido. No le pilla de nuevas: lleva años preparando este momento. Una fuente consultada por este periódico asegura que, antes de casarse con Matilde de Solís-Beaumont, interrogó a un prestigioso historiador sobre el árbol genealógico de esta. Quería que su futura esposa fuera una digna duquesa de Alba. Pero el matrimonio no salió bien.

Sin embargo, su seria personalidad no debe interpretarse como la de alguien alejado de la vida mundana. Aunque creció arropado por muros palaciegos y jugó entre goyas, zurbaranes, grecos o tizianos, Carlos Fitz-James Stuart (1948) no se siente diferente a los demás. Tras su paso por la universidad, en la que coincidió en la misma promoción de Derecho con Miguel Arias Cañete, trabajó en la empresa privada y formó parte en una serie de consejos de administración. La muerte de su padre, Luis Martínez de Irujo, en 1972, le llevó a ser el principal gestor de los asuntos financieros de la familia junto a su hermano Alfonso.

La precipitada ausencia de su padre -que no había llegado a acabar la carrera de Ingeniería porque su futura mujer le espetó: ¿para qué quieres estudiar si vas a ser el duque de Alba?- supuso un esfuerzo titánico para conservar, restaurar y ampliar el patrimonio de la Casa de Alba, una labor en la que el pilar fundamental fue la duquesa. «Mi madre ha sido la principal impulsora de todas las iniciativas encaminadas a conservar el patrimonio, siempre muy bien secundada por mi padre mientras vivió, y después por su segundo marido, Jesús Aguirre». Interesado en dar a conocer el patrimonio artístico y cultural de España, la Fundación Hispania Nostra ha sido su gran apuesta personal. «Desde 1977, esta fundación se dedicaba al mecenazgo y se ocupa de la conservación y promoción del patrimonio artístico y cultural español». A lo largo de su vida, Carlos aprendió de su madre el amor por el arte y por la cultura, además le hizo «comprender la responsabilidad de representar, administrar y preservar la herencia de nuestros mayores», decía en una entrevista a la agencia Efe. Cuenta que sus padres le inculcaron el esfuerzo para mantener y acrecentar el patrimonio artístico, además de transmitirle un espíritu de responsabilidad y de respeto. El primogénito Carlos Fitz-James Stuart tiene el mayorazgo, lo que «ayuda a mantener el patrimonio unido, lo contrario sería como destrozar un museo», contaba la duquesa en sus memorias.