La manta corta que deja destapado al PP

Los populares se han centrado en absorber a un Cs que ya agonizaba pero han renunciado a dar la batalla contra Vox


redacción

«El fútbol es como una manta corta. Si te tapás la cabeza te destapás los pies. Y si te cubrís los pies, te destapás la cabeza». El tratado de lógica lo dejó para la historia Elba de Padua Lima Tim, entrenador brasileño del San Lorenzo argentino. El fútbol ha evolucionado mucho desde entonces y hoy día se puede defender atacando. Pero el problema de la manta corta sigue estando plenamente vigente en la política. Durante décadas, el PP, y antes AP, tuvieron en España una manta gigantesca que cubría todo aquello que se situaba a la izquierda del PSOE. Desde el centrismo progresista a lo Paco Ordóñez hasta la derecha carpetovetónica y nostálgica del franquismo a la que, pasado ya al olvido Blas Piñar, no le quedaba otra que votar al PP, tanto si era el de Fraga, el de Hernández Mancha, el de Aznar o el de Rajoy. Convencido de que España iba a seguir siendo siempre una rara avis sin partidos en el extremo del arco de la derecha, el gran proyecto del PP fue siempre ampliar su espacio político hacia la izquierda, conquistando todo el voto centrista que no daba el paso de apoyar al PSOE.

La crisis económica y el desafío independentista catalán dejaron sin embargo al PP de manera súbita con una manta muy corta, teniendo que decidir si se tapaba por la derecha para frenar a Vox o por la izquierda para parar a Ciudadanos. La duda entre estirar el edredón hacia arriba o hacia abajo, o el tratar de hacer ambas cosas a la vez, consiguieron agravar el problema, hasta dejar a los populares con los peores resultados de su historia en unas generales. Hoy, ideológicamente el PP sigue sin resolver esa duda, pero la estrategia se ha decantado claramente hacia un intento de absorber a Ciudadanos e ignorar a Vox, más allá de recabar su apoyo allá donde sea necesario. El problema para los populares es que esa batalla se quiere dar por simple asimilación, sin un sustento teórico claro. Y a estas alturas, parece obvio que la estrategia ha sido equivocada. Centrar todo el esfuerzo en forjar alianzas con un partido en quiebra política como Ciudadanos carece de sentido, porque todo indica que el naranja era ya un color destinado a desaparecer del espectro político por su propia inercia negativa, y a acabar en la gran casa común de la derecha. Y, mientras el PP se dedica a ganar un espacio que ya es suyo, ha renunciado a dar la batalla ideológica contra Vox y a explicar a los españoles más conservadores que votar a los de Abascal es apostar, en generales, locales o autonómicas, por gobiernos de coalición entre la izquierda y el populismo.

La gran amenaza para el PP era y sigue siendo Vox, no Ciudadanos. Y solo Feijoo parece darse cuenta. Ha rechazado sumarse a la alianza propuesta por Génova, que solo sirve para dar aire a un Cs agonizante, pero advierte claramente de que si los votantes de Vox no le votan a él no será presidente de la Xunta. Y la fórmula para conseguirlo no es que Cayetana Álvarez de Toledo vaya por libre y copie el discurso de Vox, porque para eso ya está Santiago Abascal, el original. La fórmula es que el PP desmonte con argumentos sólidos el discurso demagógico de Vox. Y puede que ya sea tarde para lograrlo.

El PNV, un partido inmune a cualquier error político

Era ya cosa sabida, pero los últimos sondeos demuestran que el PNV es un partido que no se parece a ningún otro en España, porque es inmune a cualquiera de los problemas que pueden costarle a otras fuerzas políticas una sangría de votos y la pérdida del poder. Hace apenas tres meses, dos ex altos cargos del PNV fueron condenados a prisión por un grave caso de corrupción. Y hace un mes que dos trabajadores permanecen sepultados bajo una montaña de basura en Zaldibar tras una pésima gestión del Gobierno vasco. Cualquier otro partido con esas dos losas a un mes de unas elecciones estaría contra la lona. Pero el PNV va a volver a ganar el 5 de abril con más votos de los que tiene ahora.

Puigdemont ya tiene fecha para el cuanto peor, mejor

Carles Puigdemont, prófugo pero con acta de eurodiputado en ristre, lleva meses sopesando cuál podría ser la fecha más apropiada para convocar las elecciones catalanas de manera que se cumpla su máxima política de cuanto peor, mejor. Para España y para Cataluña. La corte de Waterloo parece haber dado por fin con la solución. Llamar a los catalanes a las urnas el 2 de octubre cumpliría con la obsesión por las fechas simbólicas y conseguiría a la vez dejar a ERC y al PSC a los pies de los caballos del voto secesionista si se unen para aprobar unos Presupuestos Generales del Estado. Y si ERC no se atreve a dar ese paso, a Puigdemont le queda el consuelo de dejar a España sin cuentas públicas.

El trato de Sánchez a Iglesias desconcierta al PSOE

La bronca entre el PSOE y Unidas Podemos, que tiene su lógica si se tiene en cuenta que se acerca la fecha de las elecciones en Galicia y País Vasco y cada uno trata de buscar su espacio político propio para que el electorado no los confunda, puede llevar a los dos partidos a un problema más serio que el de los celos que Irene Montero le provoca a Carmen Calvo. La petición de crear una comisión de investigación sobre las actividades del rey emérito don Juan Carlos puede acabar en un callejón sin salida para uno de los dos. Si Unidas Podemos acabara reculando, sus votantes pueden pasarle una gran factura. Pero si el PSOE mantiene su firme negativa, Sánchez puede pagar también un alto precio.

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