Miguel Ángel Cadenas: «No se puede vivir en la nostalgia»

El expresidente del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia recomienda a los cuidadanos que juzguen, pero con razones y argumentos


Redacción / La Voz

Todos los clichés que se le puedan adjudicar a un magistrado los luce Miguel Ángel Cadenas (Ourense, 1947) quien, pese a estar jubilado desde la primavera, no se ha desembarazado aún de ese aire solemne, que oculta a una persona probablemente más divertida. La conversación, no exenta de latinajos que omitiré y de risas ahogadas, se celebra en una sala del tribunal donde, al iniciar la entrevista, pongo a funcionar mi grabadora. Y una funcionaria pone en marcha otra.

-¿Qué tal de jubilado?

-Bien, bien.

-Algunos se quedan desubicados.

-Sí. Los hay que idealizan la que había sido su profesión. Se traduce en una cierta nostalgia que sería estúpido tratar de negar o de idealizar. No se puede vivir de o en la nostalgia.

-¿Qué hace. Pasea, lee, ha descubierto alguna afición dormida?

-Después de tantos años de vida profesional, uno ya no tiene nada que descubrir dentro de sí mismo. Quizás algunas cosas que por razones profesionales habían quedado olvidadas en el desván de la memoria.

-¿Qué es lo que más echa de menos?

-Iba a decir que el contacto con la realidad desde una perspectiva jurídica, pero siempre he visto la realidad desde tres ángulos: como juez, en la universidad y desde el punto de vista personal o familiar. La realidad es multiforme.

-Seguro que, como juez, usted juzgaba mentalmente las cosas que conocía. ¿Se ha librado de esa deformación profesional?

-La deformación profesional viene al razonar ese enjuiciamiento. Lo que no se puede es hacer de cualquier crítica un mero voluntarismo. Hay que buscar y ofrecer razones. Y ahí es donde tiene gran importancia la información periodística.

-Uno es juez hasta el final.

-Sí, pero no solo los que hemos sido jueces de profesión. Los ciudadanos deben ser testigos de su tiempo pero también enjuiciarlo.

-¿Alguna vez ha sido juzgado? ¿Una multa de tráfico, quizás?

-Una multa de tráfico, sí. Pero eso es una sanción administrativa. Me han puesto unas cuantas, todas por exceso de velocidad. Excepto una que recurrí y fue anulada en vía contencioso administrativa.

-Cualquiera le tose por ahí.

-Cuando se tiene razón hay que llevar las cosas a sus extremos.

-No sé si tendrá entonces todos los puntos del carné.

-Yo creo que sí. Al menos conduzco con tranquilidad de espíritu.

-¿Qué le diría a alguien que está pensando en ser juez?

-Que se lo piense dos veces. Y si lo ve muy claro, que insista y que no espere lo que seguramente no va a encontrar. La realidad judicial hace muy duro, a veces, el oficio de juzgar.

-Todos tendemos a juzgar.

-Y de ahí vienen a menudo las incompresiones que sufre el juez, de fuera hacia dentro.

-¿Cómo ve lo de Cataluña?

-Con tristeza, indignación y una cierta repugnancia hacia determinadas actuaciones de represnetantes de ciertas instituciones catalanas. Creo que Cataluña lleva tiempo en una situación de involución democrática.

-¿Qué tal duerme?

-Si duermo a veces irregularmente no es por mi pasado jurisdiccional. Dormir bien siempre es un lujo al alcance de muy pocos.

-De niño, ¿qué quería ser al crecer?

-Nunca tuve una aspiración concreta profesional. Mi padre me dijo: «Si no has pensado en nada cocreto, haz Derecho. Y si no tienes nada concreto al acabar, haz judicatura».

-¿Era muy travieso de pequeño? Cuente alguna falcatruada.

-Las he hecho, claro. Pero me he olvidado. Hay que ser indulgente con uno mismo y el olvido es la mejor forma de indulgencia. Es como una amnistía personal.

-¿Ya es abuelo?

-Soy.

-¿Se siente mayor?

-Me siento hoy igual de viejo que hace treinta o cuarenta años. En ese sentido me siento atemporal.

-¿Son los jueces unas personas aburridas?

-Hay de todo. Los jueces con los que he mantenido una relación más intensa, que son los que en el escalafón ya tienen un rancio abolengo, por así decirlo, hemos sabido (y ahí me incluyo) deslindar lo personal de lo estrictamente profesional. El juez, cuando se manifiesta al exterior tiene que ser consciente dónde y cómo lo hace. Y, despues de ese juicio, ve que puede comportarse desinhibidamente en términos razonables, pues lo hace. Otra cosa es que se desinhiba en un contexto inadecuado.

-¿Celta o Dépor?

-Yo estuve destinado en Vigo y me quedó algo con el Celta. Mantengo un gratísimo recuerdo de esa ciudad. Galicia se merece un Celta y un Deportivo en Primera División.

-Defínase en pocas palabras.

-Me quedo con lo que dejó dicho Miguel Hernández: «Gallegos de lluvia y calma». Y ahí lo dejo.

-¿Sabe cocinar?

-No. Pero lo reconozco y no lo intento paliar. Soy consciente de mis limitaciones.

-¿Sabe perder el tiempo, estar sin hacer nada?

-Aunque a veces es muy gravoso, sí. Sé estar sin hacer nada.

-¿Qué aficiones tiene?

-Leer la prensa, algún libro... y una pequeña afición que prefiero ocultar.

-...

-No es éticamente reprobable. (Se lo puedo decir si no lo publica).

-¿Baila alguna vez?

-Lo tomo como una obligación frente a mi cónyuge.

-Supongo que solo un jurista usa el término cónyuge para referirse a la mujer.

-Mujer es un término polisémico.

-¿Redes sociales?

-No, no.

-¿Cómo se lleva con el móvil?

-Tengo un concepto muy pobre del móvil. Me sirve para hablar y escuchar. Y uso el Whatsapp de forma muy esporádica.

-Dígame una canción.

-Alguna de Vetusta Morla. Y me gusta, por supuesto, Beethoven y Mozart.

-¿Qué es lo más importante en la vida?

-Ser fiel a uno mismo. Autoengañarse es el mayor de los cinismos y un fraude social.

[Efectivamente, Cadenas me contó su afición oculta. Nunca la adivinarían.]

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