Un Hannibal Lecter aislado en Teixeiro

Un preso con 60 años de condena lleva dos sin contacto alguno con seres humanos por su peligrosidad


a coruña / la voz

Se llama Fabrizio João, tiene 36 años, mide cerca de dos metros, pesa más de cien kilos, suma condenas que superan los 60 años y lleva dos y medio recluido en la prisión de Teixeiro sin tener contacto con ser humano alguno, porque la última vez que lo tuvo envió a ocho funcionarios al hospital. Dos de ellos estuvieron a punto de morir.

Desde que hizo aquello en el 2016, en la prisión del Puerto de Santa María (Cádiz), permanece en el módulo de aislamiento del centro penitenciario de Teixeiro. Solo en una celda. Sin reclusos a su lado, porque hace tres años mató a uno. Puede salir al patio de 9 a 12 de la mañana, pero también lo hace solo. Los funcionarios, a través de pantallas, le van abriendo las puertas de manera automática y a distancia camino del recreo. Así lleva dos años y medio, sin hablar con nadie. Cuando necesita algo o tiene alguna queja, que las tiene, lo hace a través de una carta que remite a la dirección. Es tal el miedo que infunde que se le ha apodado el Hannibal Lecter de las cárceles españolas.

Fabrizio João Silva Ribeiro es natural de Guinea-Bisáu. Ingresó por primera vez en prisión hace una década, cuando fue condenado a 22 años por violar y asestar 25 puñaladas a su novia. En la cárcel de Córdoba mató a un compañero, por lo que fue castigado con 17 años más de encierro. Propinó tantas patadas y puñetazos a aquel interno que los médicos nada pudieron hacer para salvarle la vida.

Tres horas de patio al día

Tras aquello, no hace más que viajar de cárcel en cárcel. Instituciones Penitenciarias lo lleva y trae de un sitio a otro, siempre en primer grado. Pero ni con esas. En El Puerto de Santa María volvió a mostrar su lado sanguinario. Los ocho funcionarios que acudieron a su celda -siempre iban muchos- terminaron en el hospital. Fue entonces cuando lo trasladaron a Teixeiro, donde, por el momento, no tuvo sanción disciplinaria alguna. Fabrizio sale solo al patio y pasa 21 horas al día en un habitáculo austero de diez metros cuadrados con muebles de escayola. Dentro, el convicto dispone de una cama, un plato de ducha, un váter, un pequeño escritorio, un armario para la ropa y un interfono para ponerse en contacto con el personal carcelario. Además de una puerta de plancha metálica, la seguridad exige una segunda.

En el módulo de aislamiento de la cárcel de Teixeiro cumplen condena más presos. Pero ni lo han visto. Todos son peligrosos -por eso están ahí-, pero ninguno como Fabrizio. Capaz de hacerle un nudo al mazo de una baraja, este guineano no necesita más armas que sus manos para matar, si bien es cierto que en el Puerto de Santa María utilizó un pincho artesanal para atacar a los funcionarios. A uno de ellos se lo clavó en el cuello.

Denuncias sindicales

Las imágenes de aquel ataque se han hecho ahora virales porque se han filtrado para llamar la atención sobre la «escasa» seguridad con la que cuentan los funcionarios de prisiones, que llevan meses reclamando medidas. Porque ellos no pueden llevar más que un pantalón, una camisa y una corbata para tratar a diario con reclusos semejantes. Ni siquiera unos guantes gruesos, pues solo pueden llevarlos de látex. Esto contrasta con la equipación de la Guardia Civil, la encargada de los traslados entre prisiones o entre la cárcel y el juzgado. Lo hacen con chalecos y fuertemente armados.

Pero no solo ese es el problema de los trabajadores de prisiones. El sindicato Acaip, mayoritario entre los funcionarios, denuncia falta de personal, de seguridad y de medios en las cárceles. Piden más medios humanos y materiales ante una situación que está poniendo en riesgo su integridad física y también la de los internos. El delegado, Pedro Vázquez, pone el ejemplo del ingreso de Iñaki Urdangarin, que fue trasladado a la cárcel de Brieva, en Ávila, donde está en un modulo especial por seguridad. Su presencia ha desencadenado cambios en los turnos.

Los sindicatos denuncian continuas agresiones de internos a los funcionarios «porque la plantilla se ha quedado corta y no existe un protocolo de riesgos ajustado», destaca el sindicalista Pedro Vázquez.

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