Xosé Castro: «Estuve una semana sin poder comer»

El fotógrafo fue uno de los primeros en llegar al lugar donde se estrelló una nave de Aviaco que se acercaba a Alvedro, en 1973. Fallecieron todos: 85 personas

Xosé Castro recuerda que el Caravelle 10-R caó sobre el Pazo do Río y que la nave quedó desperdigada por Montrove, lugar en el que posa en esta fotografía
Xosé Castro recuerda que el Caravelle 10-R caó sobre el Pazo do Río y que la nave quedó desperdigada por Montrove, lugar en el que posa en esta fotografía

Oleiros / la voz

Fue una de las mayores tragedias aéreas de España. Una nave de Aviaco se estrelló en Montrove (Oleiros) cuando se dirigía al aeropuerto coruñés de Alvedro. Murieron 85 personas. Sucedió el 13 de agosto de 1973 y el fotógrafo Xosé Castro, cariñosamente conocido como Pepucho, fue uno de los primeros en llegar al lugar. Cuarenta y cinco años después del accidente dice que, a día de hoy, si se abstrae, es capaz de evocar «aquel olor a quemado, aquel ambiente...» que le marcó de por vida. Recuerda casi con precisión dónde cayó la cabina, dónde estaban los motores y cómo los vecinos se afanaban por intentar socorrer al pasaje y a la tripulación. «El espectáculo era dantesco. Lo primero que vi fue el motor del avión saliendo del muro del Pazo do Río, y a un vecino con una manguerita de goma y un chorrito de agua intentando apagar el fuego. También había otras personas retirando los cuerpos de las víctimas que quedaron a la vista. Fue horrible», explica.

Pepucho, que ahora tiene 76 años, era entonces un joven de 30, aunque muy curtido por la profesión. «Ya estaba endurecido, con postilla, y había ayudado en multitud de accidentes, pero no hasta el extremo de haber visto todos aquellos cadáveres. De hecho, en 50 años de fotoperiodismo ves de todo: accidentes, naufragios, incendios, rescates en el mar... Pero lo de Montrove sí que me marcó. De hecho, no pude comer nada durante una semana. Fui incapaz, me sentía muy mal». Otro de los sucesos que vivió con especial dolor fue un accidente ocurrido en A Maceira, en la parroquia arteixana de Pastoriza. «La víctima estaba dentro del coche y justo en el momento en que hice la foto esa persona falleció, se le abrió la niña del ojo. Y yo salgo reflejado en su pupila». Pepucho habla con naturalidad de la muerte, casi como un médico de urgencias, pero nunca sin sentimiento. «Es que fueron 50 años de hacer la calle, en el buen sentido de la palabra -aclara con una sonrisa-, y antes llegabas el primero a los sucesos porque la gente nos llamaba a nosotros, al estudio Foto Blanco [donde trabajó para La Voz con Alberto Martí], porque éramos la referencia en la ciudad», relata.

Recapitulando todo lo vivido, Pepucho dice que hoy en día sería imposible realizar un reportaje gráfico para La Voz de Galicia parecido al que él firmó en 1973 sobre el accidente de Montrove. «No nos hubieran dejado acercarnos ni a dos kilómetros de distancia», asegura.

De aquel día también recuerda los comentarios de algunas personas. «Cuando me vieron llegar alguien gritó: ‘‘Aí chegan os corvos’’. Y yo contesté: ‘‘Se mañá ti non leras o periódico eu non estaría aquí’’. Nos criticaban y nos siguen criticando por estar al pie del cañón, pero yo creo que hay imágenes que se deben publicar para demostrar y denunciar ciertas cosas. Aquel accidente y aquellas imágenes dejaron constancia de la falta de medios que había. Es que realmente no había nada: ni ambulancias, ni servicios de rescate o auxiliares... era una vergüenza tener que ver los cadáveres destapados y que fuera la gente del pueblo a ayudar». Pepucho cubrió los actos que se sucedieron durante los cuatro días posteriores al del accidente. Recuerda que Alvedro estuvo cerrado y que hubo reacciones políticas que derivaron en mejoras de seguridad en los aeropuertos.

Pepucho podría contar la historia de A Coruña y su área metropolitana a través de sus fotografías. «Yo vi de todo. Vi el horror a través de la máquina. De hecho, me tiene temblado la mano haciendo reportajes como el de Montrove, pero es tu oficio y tienes que hacerlo». Por suerte, la profesión le dio una de cal y otra de arena, y para mitigar las tragedias evoca lo mejor: «Lo que más me gustaba era hacer fotos con niños. Disfrutaba tanto como ellos».

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