Huellas indeseadas y rituales muy peregrinos

Además de quemar ropa junto al cabo Fisterra, los caminantes, cada vez más, repiten costumbres extendidas, de dudosa tradición, que afean y entorpecen el Camino

Muchas veces son gestos inocentes de peregrinos que ansían exprimir al máximo el Camino de Santiago, no perderse ninguna de sus tradiciones, y atestiguar -aunque sea en forma de sencillos guijarros- que ellos han formado parte de esa inmensa, y bienvenida, comunidad de caminantes que bate, año a año, récords. Acciones -como la de poner una cruz en alambradas, «decorar» el itinerario con sus recuerdos o inmortalizar su nombre sobre una piedra- que, sin embargo, afean la ruta milenaria y que al ser imitados por los miles de peregrinos que enfilan hacia el Obradoiro dejan una huella incompatible con la limpieza que debería primar en ella. Rituales de dudosa tradición, como el de quemar ropa o calzado en el cabo Fisterra, son, además, y a pesar de aparecer promocionados en distintas guías como costumbres ineludibles para todo caminante, prácticas prohibidas por el riesgo ambiental que conllevan. 

Estas son algunas de las huellas prescindibles de los peregrinos:

La ruta, salpicada por todo tipo de «recuerdos»

Cualquier objeto puede convertirse en fetiche para destacar la presencia de los caminantes por la ruta. Llaves, conchas, colgantes, cintas, pulseras, fotografías, zapatillas o gorros se cuelgan de carteles, monumentos, esculturas o señales informativas. 

Esta práctica, de dudoso gusto, aumenta en los considerados hitos del Camino, como puede ser el Monte do Gozo, en el Camino Francés, el primer lugar desde donde ya se avistan las torres de la Catedral. Es en este mirador hacia Santiago donde se prodigan todo tipo de efectos, como si tratase de una ofrenda.

Los carteles que en esta ruta indican la entrada a Santiago tampoco son perdonados. Si el antiguo que indicaba la llegada al barrio de San Lázaro fue cubierto durante muchos años por un sinfín de pegatinas que solo permiten intuir su indicación...

...el más reciente, convertido en auténtico «altar» peregrino, tampoco luce limpio. A pesar de que casi nadie resiste a sacarse una foto, las letras que rezan «Santiago» ya casi no se pueden distinguir.

Montículos de piedras no solo sobre mojones

En origen, cuando no existía una señalización oficial hacia Santiago, se cree que los viajeros se podían guiar por pequeños montones de piedras que indicaban que esa ruta ya había sido pisada anteriormente. También hay quien atestigua que estos clásicos milladoiros sean posiblemente el único ritual actual que tiene explicación: los peregrinos portaban una piedra desde sus lugares de origen y la depositaban en el primer punto desde donde se avistaba la Catedral.

Aún así, el ritual ha mudado, sin saber quién fue el primero que lo remozó. Hoy en día son incontables los montículos de piedras que «decoran» lugares icónicos de la ruta, sobre todo, y de forma genérica, los mojones que indican el kilometraje restante hacia Santiago. Casi todas las señales que lucen la flecha y vieiras amarillas están rematadas por pequeñas aglomeraciones (y no solo de piedras). 

La costumbre, además, parece haber llegado a la propia Praza do Obradoiro, donde estos días son visibles pequeños montones de piedras en la verja que rodea la fachada de la catedral. Este hábito provoca que alguien, posteriormente, los deba recoger.

Cruces en alambradas

A pesar de que esta costumbre tengan para muchos un poso religioso, posiblemente sean otros tantos los peregrinos los que la sigan por pura inercia o imitación. Se trata del ritual, cada vez más extendido, de colocar cruces en rejas o alambradas.

En el entorno de Santiago es, por ejemplo, evidente en el vallado que rodea al aeropuerto de Lavacolla. Normalmente son elaboradas de forma artesanal, con ramas de árboles, pero también se cuentan las creadas con leyendas u homenajes a seres cercanos. Las fabricadas con ropa o, incluso, calcetines, afortunadamente, escasean.

Mensajes en la ruta

Otra costumbre en alza que sirve para dejar huella de su paso por el Camino es la de depositar mensajes, sobre todo, en los ya sufridos mojones. Uno de los más icónicos del Camino francés, el situado a 100 kilómetros de Santiago -distancia mínima que debe recorrer a pie el peregrino para poder obtener la Compostela- es uno los más perjudicados por pintadas y grafitis. Así lucía el marco del kilómetro 100 que hasta hace pocos años se situaba en Sarria. 

La nueva medición del Camino de Santiago situó a 15 kilómetros de ese primer mojón, en la aldea de A Pena, en el concello de Paradela, el nuevo punto de partida hacia Santiago. Como se aprecia, también ya está decorado. 

El saqueo del kilometraje

Contemplar un mojón intacto, con vieira y kilometraje, no es algo tan frecuente a lo largo de las vías milenarias. Y es que llevarse las señales de estos indicadores se ha convertido en una práctica cada vez más extendida, tanto que incluso hay gallegos que reconocen que en ciertos marcos no recuerdan haber visto su kilometraje. Estos pequeños hurtos afectan en muchas ocasiones a mojones situados en puntos aislados o más discretos, donde resulta más sencillo dedicar tiempo a arrancar la placa. Eso sí, los puntos más icónicos del Camino tampoco se libran de esta moda difícil de desterrar y que provoca que pese a la reposición de las placas, sea habitual que estas vuelvan a desaparecer rápidamente.

La moda de los candados

En los últimos años se ha importado al Camino la costumbre de un famoso puente romano de destacar y sellar con candados bellas historias de amor. Así, no son pocos los peregrinos enamorados que colocan chapas y candados en lugares apropiados para asirlos. En Fisterra esta es una de las prácticas que fue a más. 

Quemar ropa en el cabo Fisterra 

Este es, sin duda, uno de los «rituales» más extendidos, y con mayor boca a boca del Camino que parte de Santiago y desemboca junto al cabo Fisterra, a pesar de que conlleve ennegrecer y ensuciar un paraje único por su simbolismo y riqueza natural. Los avisos con los que el Concello trata de advertir sobre el mismo pasan desapercibidos.

Se trata de la quema de la ropa y el calzado que los peregrinos han vestido a lo largo de la ruta y de la que se desprenden llegados a la meta, junto al cabo de Fisterra, en el extremo occidental de Europa. Una práctica que ha sido causa de numerosos fuegos, el último este domingo, y que además de generar numerosos residuos provoca que el lugar aparezca lleno de pertenencias, algunas, a medio arder.

La anarquía manda en el cabo Fisterra

s. g. rial

Poco se puede hacer para impedir las imprudencias: más vigilancia y mayor sentido común de los peregrinos parecen el único remedio a los incendios

Uno de los principales problemas del Cabo Fisterra, uno de los lugares más visitados de Galicia, además de que aún no se haya puesto en marcha el plan regulador que sí tienen otros lugares equivalentes de Europa, es que se sigan produciendo incendios por la imprudencia de algunos peregrinos, que además destrozan el paisaje abandonando ropas, calzado, plásticos, objetos personales... o mueven y apilan piedras en esa absurda costumbre de los milladoiros. Es un problema conocido y viejo, pero lo grave es que no cesa: aumenta. Lo peor es el fuego. El domingo no fue a más por la rápida intervención de Protección Civil y la llegada de los bomberos forestales. De no ser así, habría ardido todo. En todo caso, el enésimo incendio.

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