Suiza, emigrar como nuestros padres

Los gallegos vuelven a mirar al país helvético como una esperanza para encontrar lo que Galicia no les da. No son los primeros, antes ya lo hicieron sus progenitores


Llegó el nueve de enero del 2009. La fecha está grabada en su memoria. Mientras en Galicia la prensa y los informativos comenzaban a llenarse de noticias sobre despidos, quiebras, cierres o suspensiones de pagos, Adolfo García Radío (Sanxenxo, 1987) hizo las maletas. Si su padre lo había intentado con éxito en los 90, ¿por qué no él?

Fue así como comenzó su aventura helvética. Un proyecto que iba a ser corto, para juntar unos ahorros y hacer currículo mientras las cosas no mejoraban en casa. Lleva en la capital del cantón de Ginebra, la segunda ciudad más poblada del país, nueve años. «Sempre me tirou Suiza por meu pai. El traballou moitos anos aquí, en Leukerbad, na parte alemá», explica. Su progenitor ha vuelto a casa y él está lejos de sus padres y de su hija, una pequeña de cuatro años. Una situación que, inevitablemente, recuerda a la que vivió en su infancia. «Teño o permiso C, de validez ilimitada por levar aquí máis de cinco anos seguidos», explica.

Los lazos de vecindad

Él no tentó a la suerte. Vino con puesto y con piso. «Hoxe aínda é máis difícil atopar vivenda que emprego en Xenebra. Hai poucos apartamentos para a demanda que existe e os alugueres están polas nubes», asegura. Es técnico en una empresa de reparaciones y saneamiento. Conoce la ciudad como la palma de la mano y domina el francés. «Non queda outra se queres ir para mellor». Su jefe también es gallego, de O Carballiño. «Ao pouco de virme, comezaron a chamarme amigos e coñecidos que quedaran no paro en Galicia. Axudeilles a uns cinco a buscar traballo. Seguen a vir moitos, pero xa non é tan fácil atopalo».

Una de esas personas fue Mila González (Sanxenxo, 1986). Al igual que Adolfo, son del mismo pueblo sanxenxino, Vilalonga. Ella estudió Enxeñería Técnica Forestal en la UVigo. «O meu pai tamén traballou en Suiza, el no cantón alemán de Basilea», cuenta Mila. Llegó en el 2012. En Ginebra empezó trabajando en hostelería, en la cafetería de un centro gallego. Luego se sacó un CFC, Certificado Federal de Capacitación, de delineante. Trabajó en una oficina de arquitectos y ahora está en una empresa de canalizaciones. «Non foi nada fácil chegar ata este posto, cualificado», asegura. Aquí ha conocido al que ahora es su marido, Samuel Regueiro, nacido en Suiza, y suizo desde hace dos años, aunque gallego de origen, como delatan sus apellidos. Su madre es de A Laracha y su padre de Cerceda. Él da clases en un instituto. Tienen una pequeña. Mila empieza a hacer cuentas. Como Adolfo y ella, al menos hay otra decena de jóvenes su pueblo que se vinieron con la crisis.

Las cañas de Vilalonga las toman ahora en la Irmandade Galega de Onex. Adolfo se pasa por allí al acabar la jornada. Saluda a Víctor Salgueiro (Sanxenxo, 1980). Son vecinos por partida doble. «Ao principio fun a Brig, na montaña, zona alemá, prefiro estar aquí», explica. Trabaja en la construcción. El francés todavía le cuesta un poco: «Alí fun por mediación dun compañeiro, ao igual que aquí». Su hermano Fran también está en Suiza, trabaja en Lausana, a unos 50 minutos en coche de Ginebra. El bar da Irmandade es como un punto de encuentro, donde incluso pueden preguntar por algún «choio».

¿Dónde ven su futuro? Víctor no quiere poner fechas, pero: «Aquí non». Mila mira a su hija y a Samuel: «Es complicado irme ahora». ¿Y Adolfo? «Non me vexo moitos anos aquí, quero volver. En Galicia, tendo traballo, eu estou mellor». Cuenta con el apoyo de su pareja, que se vino con él. Como el colegio en Suiza comienza un poco más tarde, hasta que su pequeña cumpla los cinco años se dan un margen para decidir sobre el mañana.

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