«Yo estoy feliz, pero el rural no vale para todos»

Tras prejubilarse en el naval vigués, cogió los bártulos y se fue a una aldea donde la casa le cuesta 100 euros


pontevedra /la voz

Antonio Jiménez es un ciudadano de mundo. Y libre, muy libre. Natural de Toledo, de pequeño no vivió ni tres años seguidos en el mismo sitio. La familia seguía al padre, que trabajaba en una empresa que construía minicentrales eléctricas. Así que su infancia transitó por los más diversos lugares, desde el alto Pirineo hasta Cuenca o Cáceres. Un día, ya siendo adulto, y tras haber residido en distintos países, recaló en Vigo. Y se quedó más de dos décadas trabajando en el naval como carpintero. Dice que vivió tiempos gloriosos y que luego llegaron las vacas flacas. Ya prejubilado, la ciudad empezó a devorar su moral y su economía. Vivía de alquiler y pagaba unos 500 euros al mes, y empezó a pensar en irse a una aldea. Entonces, mientras buceaba por Internet, Pigarzos se cruzó en su vida. Y hasta hoy.

Lo que Antonio Jiménez topó en la Red era una de las casas que los vecinos de Pigarzos (en A Lama, Pontevedra) habían puesto en alquiler a bajo coste para intentar atraer población. Antonio vio la vivienda y, aunque estaba muy deteriorada, decidió que valía la pena quedarse a cambio de un alquiler mensual de cien euros. «La casa estaba bastante mal, desde entonces la hemos ido arreglando un poco, pero la verdad es que al principio daba algo de miedo», explica.

En colaboración con el casero, cambió el suelo de la cocina, ahora está poniendo ventanales... y fue haciendo la casa suya. Dice que él siempre militó en el equipo de la austeridad, «incluso cuando ganaba mucho dinero», y que lo bueno del rural es que se necesita bien poco para vivir.

Se le visita en un día de perros, con lluvia y niebla, y Pigarzos parece un pueblo fantasma. Uno le pregunta si no se siente solo, y ahí es cuando más sonríe: ¿Yo? Yo soy una persona solitaria, a mí me gusta la soledad. Prefiero el invierno al verano, cuando vienen los que están en México -A Lama es un municipio de emigrantes- y hay mucho más ruido y fiesta. A mí me gusta estar solo», dice. Añade que tiene tres hijos y que le insisten para que se vaya con ellos, a ejercer de abuelo. Pero se niega: «Ir a buscar a los niños al cole y llevarlos al parque no pega conmigo», dice. Uno le pregunta si recomienda la experiencia, y es franco: «Yo estoy feliz, pero el rural no vale para todos. Tienes que estar muy convencido de estar en soledad: aquí casi nunca hay nadie», remacha.

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