Feijoo asume el riesgo de no parecer el más simpático de la fiesta


santiago / la voz

Hay una anécdota que circula entre las bambalinas de la política autonómica y que tiene a dos exconselleiros como protagonistas. Ocurrió en el 2010. Feijoo le había otorgado a la entonces responsable de Facenda, Marta Fernández Currás, el poder de vetar el gasto de cualquier consellería para cuadrar las cuentas, que ella ejercía con mano de hierro. Y todavía hay quien recuerda la cara de póker que le quedó al conselleiro de Educación y hoy alcalde de Ourense, Jesús Vázquez, cuando intentó sin éxito conseguir poco más de 1.000 euros para reformar la cubierta de un colegio.

Es evidente que los cinco primeros años de Feijoo al frente de la Xunta no fueron fáciles. La capacidad de gasto del Gobierno se contrajo de forma abrupta en un 28 %, la inversión en obra pública se desplomó, muchas facturas dejaban de pagarse en octubre para cuadrar las cuentas a finales de año, y a todos los departamentos se les pusieron objetivos para racionalizar el gasto. Cuando miles de gallegos más necesitaban a la Xunta, el Gobierno se dispuso a atender lo más urgente, pero sin poner en riesgo la estabilidad presupuestaria.

Es muy difícil que ahora, cuando se han encadenado 24 meses continuos de crecimiento económico y el presupuesto público vuelve a crecer, se pueda olvidar un sacrificio que, en boca de Feijoo, tomó forma de discurso político ante el resto de España.

Cuando la comunidad gallega indicaba el camino a seguir al resto aprobando las primeras normas de España en materia de techo de gasto, de estabilidad presupuestaria y de fusión de consellerías o de departamentos administrativos, otros territorios porfiaban en seguir con la barra libre, acudiendo a la financiación del Estado para seguir abriendo no tanto nuevos hospitales, sino canales de televisión o embajadas en el extranjero, o para costear la aventura del independentismo.

En el PP gallego son conscientes de que el discurso contrario a la quita de la deuda que exhibe Feijoo no lo convierte precisamente en el invitado más simpático en la fiesta de la negociación del nuevo modelo de financiación. Al fin y al cabo, el control del gasto no da votos. Es mucho más popular gastar, prometer nuevas inversiones y asumir compromisos ante los electores, aunque después haya alguna razón por la que no se puedan materializar.

Cuando ya era evidente que algunas comunidades autónomas incumplían de forma sistemática las reglas de gasto dictadas a nivel de Estado, en la Xunta se valoró seriamente romper la baraja y abrir la mano. Pero, al final, Feijoo optó por atenerse al control de las normas.

El papel de Pepito Grillo asumido por Feijoo puede costarle alguna llamada al orden en su propio partido, pues cualquier acuerdo en materia de financiación está llamado a conciliar intereses territoriales contrapuestos. Aunque el presidente de la Xunta también es, ahora mismo, el barón territorial con más autoridad en el partido para hacerse oír ante Rajoy y Montoro y dejar claro que cualquier acuerdo ha de llevar aparejado un mecanismo de compensación, el que sea, para las comunidades autónomas que han hecho los deberes.

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