La verdad de quienes perdieron todo

Presidiarios dan testimonio a escolares adolescentes de las consecuencias del consumo de drogas

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a coruña / la voz

Sobre la tarima, un equipo de ocho varones. Tienen entre 26 y 48 años y están los ocho en prisión. En el patio de butacas, 94 chicos y chicas de más o menos 16 años. Cuando los ocho hablan, los 94 escuchan, porque allí se está contando la verdad y la verdad conviene siempre escucharla: «Me llamo M. Soy de Coruña de toda la vida. Mi padre era alcohólico y le pegaba a mi madre. A los 6 años ya fumaba, luego vino el pegamento, el alcohol y así fuimos ascendiendo. Yo no tomaba drogas porque me gustaran, era solo para olvidar el dolor. Mientras estaba colocado, me sentía a gusto. Tengo una hija de 18 años y un hijo de 7 al que vi por primera vez hace unos días. A causa de las drogas lo he perdido todo y me he pasado media vida en la cárcel».

Cuando alguien relata todo esto del tirón no se puede permanecer impasible. La sinceridad del testimonio es de tal calibre que hace empalidecer a cualquier otro método que pretenda concienciar a los escolares sobre los peligros del consumo de drogas. Esa es la idea. Los internos han ido al colegio de los Maristas de A Coruña para mostrar a los chavales lo que hay al final del camino: que lo vean, que lo escuchen, que lo toquen. El programa está financiado por la Fundación Barrié y ejecutado por la unidad terapéutica educativa de la cárcel de Teixeiro. Su eficacia es indiscutible.

Esta semana, la iniciativa dio por cerrado el curso tras haber participado en seis charlas por distintos institutos de la provincia de A Coruña. En realidad son algo más que charlas porque hay un partido de vuelta. Dentro de unos días, los jovencitos que escuchaban a los internos con la boca abierta en un salón de actos escolar viajarán hasta Teixeiro para participar en grupos más cerrados donde el contacto entre el preso y el escolar es mucho más directo: «Se escuchan cosas sorprendentes -explica una de las funcionarias veteranas ya en el proyecto-, porque allí no hay profesores ni padres. Se sueltan más».

El micrófono corre

Pero antes de visitar Teixeiro, antes de escuchar el estremecedor sonido de la puerta de una celda al cerrarse, hay más historias a las que prestar atención. En la tarima, el micrófono pasa de unas manos a otras: «Me llamo A. Con 13 años empecé a coquetear con el tabaco, los porros, cervezas, botellones... Al principio no me gustaba, pero un día me sentaron bien. Yo soy muy tímido y así conseguía soltarme, hablar más con la gente... Me metí en líos. Al principio eran pequeñas detenciones. Te llevaban a comisaría y te soltaban. Pero un día las pagué todas juntas. Ahora llevo casi tres años preso. Las drogas me han hecho perder los estudios, trabajos y oportunidades, la confianza de mi familia. Me duele mucho pensar que no pude despedirme de mi padre, decirle que le quería, porque murió mientras yo estaba dentro. Salir es muy difícil, pero no imposible. Ahora estoy mejor y espero recuperar algo de lo que he perdido».

«Este es un programa que tiene beneficios para todos -analiza Isabel Pérez, la responsable de acción social de la Fundación Barrié-. Los testimonios están desprovistos de todo romanticismo, son muy creíbles. Y para los internos supone una buena dosis de autoestima, porque se convierten en educadores». Son todos presos de confianza, que ya disfrutan, en su mayor parte, de permisos penitenciarios. Están dentro de un programa de rehabilitación de drogodependencias, un paso enorme para cualquier adicto y que dentro de prisión adquiere una dimensión mucho mayor.

Premio a la valentía

Cada intervención se cierra con una ovación atronadora. Los chavales premian la valentía de los que están en el estrado. La imagen es en cierto modo chocante: arriba están los chicos malos de los barrios, envejecidos a golpe de rayas, peleas, palos, chutes, borracheras... Abajo, jovencitos de uniforme, religiosos, muchos de ellos pertenecientes a familias acomodadas. «No se equivoque -apunta Manuel, el psicólogo de la unidad-, hace un par de cursos, vinimos a este colegio y uno de los internos nos contó que había estado estudiando aquí».

Tras la primera vuelta, el micrófono pasa a los chavales. Llega el turno de preguntas: «¿Por qué os drogabais». «¿Cómo os disteis cuenta de que queríais dejarlo?». «Las malas compañías con las que empezasteis, ¿cómo acabaron?». «Cuando entrasteis en prisión, ¿qué sentisteis?»... «Cuando escuchas la puerta cerrarse... -S. deja la frase a medias, pero se le entiende todo-. Cuando yo entré había muchos abusos; de repente te das cuenta de que los que están allí quieren lo tuyo, las zapatillas y el chándal, por ejemplo. Y entonces, o lo defiendes o lo pierdes». La áspera verdad. No hay subterfugios ni hipérboles. «Al principio, las drogas te van a gustar», expone otro. Más de una vez aparece el relato conocido del ascenso, la caída y la dependencia: «La droga es dinero. Si tienes dinero tienes droga. Si no, tienes que buscar dinero. Tus colegas están contigo cuando tienes drogas, luego se van», dice un interno. Cuenta que le ha escrito cartas a su hija todos los días, para explicarle quién es y por qué no está con ella. Está respondiendo a una madre que ha preguntado qué hacer para mantener a los hijos lejos de las drogas.

Cuando aparece alguien del colegio para avisar de que ya no queda más tiempo, han pasado más de dos horas. Muy rápido. Así discurre la vida cuando se viven experiencias intensas. Que se lo pregunten a los internos. Algunos saldrán pronto para intentar otra vida. Y seguro que les ayuda pensar que han puesto algo de su parte para impedir el tránsito de algún chaval por el camino que ahora desearían no haber iniciado.

«Salgo en dos meses; el futuro será difícil»

Falta media hora para que los alumnos entren en el aula en la que los presos de la unidad terapéutica de Teixeiro les expliquen dónde te lleva la mala vida, al menos en una de sus formas. Sabiendo lo que les espera, dos horas largas dentro del aula, el grupo sale a paso ligero del enorme recinto escolar para echar un cigarrillo. Hago un aparte con F., que tiene 36 años y a quien ya le queda poco para salir: «Estoy cumpliendo 18 meses por algo que ya pasó en el 2008».

-¿Tráfico?

-No. Lesiones y cosas así.

Fuma despacio y explica que, en realidad, la heroína nunca fue lo suyo: «Yo empecé con la coca y el alcohol, porque siempre lo tuve a mi alcance. En la cárcel fue cuando me enganché a las pastillas».

-¿Has estado más veces?

-Sí. Esta es la cuarta o la quinta vez ya.

Dice que dentro se puede vivir: «Según como lo lleves, pero desde luego, fácil no es. Ya te digo yo que se está mejor fuera». Antes de comenzar a desintoxicarse se estaba tomando un bote diario de Tranxilium. Ahora está mucho mejor. «Pero la cabeza lo nota, ¿sabes? Cuando entré la última vez, no sabía ni dónde tenía que poner la ropa». Impresiona su relato por el tono sereno, algo cansado: «Salgo en dos meses y estoy seguro de que el futuro va a ser difícil, pero también de que estoy hasta los huevos de toda esta mierda». Con la cabeza despejada se piensa mejor.

Preguntitas

«Vamos chavales, que no nos queda mucho tiempo», dice el funcionario que ha acompañado al grupo hasta el exterior del colegio para fumar. «Y no os hagáis porros, que hay un periodista delante». No hay muchas risas, aunque está claro que el grupo tiene una buena relación y que el taller funciona.

Mientras volvemos, comento lo jóvenes que son aún los chavales con los que van a hablar (16 años). «Que va, que va», contesta uno de ellos: «Es cuando empiezan con el botellón, los porros, la coca». Algunos internos ya tienen una experiencia larga en la actividad: «Las historias que te cuentan ellos son parecidas, pero a veces te hacen cada preguntita que no veas».

Dicen los funcionarios que, en los encuentros que se producen en la prisión, es frecuente que los chavales inicien sus consultas relatando lo que le ocurre a algún «amigo», cuando en realidad están hablando de ellos mismos. Los internos se hacen los tontos; ya conocen el paño. El caso es que el mensaje cale.

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