Marisa y el dolor de perder a seis hijos

Jorge Casanova
Jorge Casanova FERROL / LA VOZ

GALICIA

José Pardo

Una mujer de Ferrol encarna el desgarro que la heroína produjo a finales del siglo XX en muchos puntos de Galicia

22 mar 2017 . Actualizado a las 12:59 h.

Quienes han pasado por la experiencia dicen que no hay nada peor que enterrar a un hijo. María Luisa Velón, Marisa, ha sufrido seis veces ese dolor. Una detrás de otra. Hay que sujetarse antes de escucharla enumerar los nombres de los hijos que dio a luz y a los que luego vio morir: «Jesús María, a los 35; María Isabel, a los 54; Ramiro, a los 27, José Ambrosio, a los 28; Manuel Enrique, a los 29 y José Antonio, a los 31». Cinco fueron derrotados por el mismo rival: la heroína. A María Isabel se la llevó un cáncer.

El caso de Marisa debe ser único en España. Ella es única también. Tiene 76 años y me emplaza en una cafetería temprano, porque tiene que ir a trabajar. Lo hace desde niña: «A mi me crió mi abuela. A los 10 años ya andaba con la leche por las calles». Y hasta hoy. Fue a la escuela durante un año: «Para aprender a leer y escribir». A los 19 años se casó y dio a luz al primero de sus hijos. Desde entonces se volvió a quedar embarazada diez veces más: nueve partos y dos abortos.

«Mis hijos eran muy buenos», repite como un mantra. Cuenta cómo estudiaron en La Salle, o cómo dos de ellos trabajaron de camareros, otro se fue a Suiza. «A los quince años ya estaban por la calle. Pero eran buenísimos... hasta que se metieron en la droga». Incluso entonces. Marisa insiste que nunca le robaron, ni lo hicieron con otros: «Se buscaban la vida. Iban a la marea, a mariscar, nunca fueron conflictivos. A mí nunca me trataron mal». Eran los años del caballo, en Caranza, donde cayeron tantos. El dulzor de la heroína los atrapó a todos, menos a la más pequeña. Y detrás vino la angustia, la necesidad, la incomprensión, el aislamiento, las terapias, los centros, las peleas, la cárcel, el sida... El virus se metió en la familia con la misma naturalidad con la que los hermanos compartían la jeringuilla. Fue el anticipo del capítulo final: la muerte.