Begoña Aldamiz-Echeverría: «Con el paciente hablamos más de cómo aprovechar el tiempo»

La médica de hospitalización a domicilio llama la atención sobre la nula formación de muchos doctores en técnicas de comunicación


a coruña / la voz

La doctora Aldamiz-Echeverría lleva muchos años en la hospitalización a domicilio. Ha tratado a centenares de pacientes que deciden pasar sus últimos días en su hogar y, por tanto, también los ha visto a morir. Por eso percibe la falta de técnicas por parte de muchos médicos a la hora de transmitir las peores noticias.

-¿Diría usted que los médicos están adecuadamente formados para dar malas noticias?

-No. No puedo generalizar, pero no nos preparan en la carrera. Aprendemos a diagnosticar, unos tratamientos, pero técnicas de comunicación, habilidades, la escucha activa, los silencios, el lenguaje no verbal... Nosotros lo hemos ido aprendiendo con los pacientes. Para eso no hay formación. Y es difícil. Es difícil sostener la mirada cuando un paciente te pregunta si se va a morir. A mí me ha llevado años no caer en la tontería de decir: «Pues morir nos vamos a morir todos». Eso es un insulto a la inteligencia. Cuesta tiempo sostener la mirada, no ponerte nerviosa y devolverle la pregunta.

-Creía que precisamente usted se encargaba de esa formación.

-No. Por aquí pasan residentes rotatorios durante dos meses e intentamos formarlos primero para que sepan que el paciente tiene que ser informado y que tienen que lidiar con eso. Lo que pasa es que la verdad es muy amplia, tiene un gran abanico. Se puede ir poquito a poco según el paciente quiera ser informado.

-Muchos le preguntarán cuánto tiempo les queda.

-No crea. Tal vez sea una pregunta que se la hacen con mayor frecuencia al oncólogo. Nosotros nos centramos más en cómo aprovechar ese tiempo.

-¿Es cierto que algunas familias evitan que el paciente conozca el diagnóstico?

-Sí. Yo diría que es sobreprotección. «Ya bastante tiene con lo que tiene» es una frase que escuchamos mucho. Pero si el paciente no conoce el diagnóstico, no puede tomar decisiones, ni laborales, ni familiares... No puede hacer planes para lo que le queda de vida. Y muere en soledad, porque el sufrimiento se puede compartir.

-No sabe que va a morir.

-Los pacientes que van a morir, aunque no les comuniquen el diagnóstico, se dan cuenta de que llega el final. Por los síntomas que tienen y por la evolución del día a día. Ellos solos llegan a la conclusión.

-Pero al paciente al que no se le informa, ¿no lo protege la ley?

-Claro que lo protege. La ley establece el derecho del paciente a recibir información para consentir la actuación de los profesionales.

-Por tanto, si no se le proporciona esa información, se está vulnerando la ley.

-Pero no se puede ir con la ley en la mano. El objetivo es respetar el derecho del paciente y por eso hay que ir convenciendo a los familiares, preguntar al paciente si quiere ser informado, a veces con preguntas indirectas... Actuamos poco a poco.

-¿Esto pasa mucho?

-Yo llevo aquí 25 años y me acuerdo de cuando venía la familia a exigirnos que, por encima de todo, no se informara al enfermo. Esto va cambiando poco a poco. Las personas son más autónomas, más independientes, saben más. Ahora no siempre la familia exige. De todos modos, se lucha contra eso y, en último caso, se informa al paciente, se ponga la familia como se ponga. Lo que pasa es que no es automático. Requiere un proceso. Al final, la gente es razonable. Solo hay que ponerle en la tesitura: ¿si usted se viera en esta situación, le gustaría que se lo ocultaran?

«Puede que la fe ayude un poco, pero al final el miedo y la soledad son iguales para todos»

¿Qué ocurre cuando la actividad profesional está tan ligada con la muerte? La doctora Aldamiz-Echeverría acumula ya mucha experiencia y es imposible que una actividad como la suya no tenga una incidencia en la vida no profesional.

-Su trabajo ¿le deja una huella personal?

-Algunos enfermos te afectan más que otros, claro. Muchas veces te llevas a casa los problemas de la gente, duermes mal y te despiertas por la noche. Pero es una parte de la medicina como otras. Todos deberíamos controlar el final de la vida y que la gente sea capaz de morir en paz. A mí me ayuda a relativizar mi vida y saber lo que es importante y lo que no lo es. A veces te gustaría rotar por partos y ver que la gente nace, pero bueno.

-Dicen que los creyentes mueren mejor, más tranquilos.

-Yo creo más en la familia. En el acompañamiento, en una familia que comprenda que a pesar de perder a su ser querido, que esto es muy difícil de lograr, es capaz de dejar de lado ese diagnóstico y centrarse en proporcionar el mayor bienestar a su ser querido. Y el mayor bienestar puede incluir el llorar juntos. Tener al paciente libre de síntomas y tener una familia que cuide y ayude al paciente me parece más importante. Puede que la fe ayude un poco, pero yo he tenido algún paciente, incluso algún sacerdote que... Al final, el miedo, la soledad son igual para todos.

-También se dice que los moribundos se arrepienten más de lo que no hicieron que de lo que hicieron.

-Eso ya no lo sé. Si es así, a nosotros no nos lo transmiten. Tal vez a la familia, porque ese es un momento para crecer juntos. También es cierto que las personas muy mayores se adaptan mejor. Para un paciente joven, es terrible.

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