El concello más joven cumple veinte años

A Illa de Arousa alcanza esta medianoche los dos decenios de vida. El que en ese momento se convirtió en el municipio número 315 de Galicia es hoy, después de dos fusiones, el 313


redacción / la voz

El 315 es un número fetiche para A Illa de Arousa. Con él se bautizaron locales, se hicieron camisetas y se juega todavía a la lotería. Comenzó a serlo hace veinte años, el 1 de enero de 1997, cuando la que hasta entonces había sido una parroquia de Vilanova de Arousa se segregaba y creaba el concello 315 de Galicia. Pero el 315 no fue siempre el 315. La lucha de A Illa por convertirse en ayuntamiento había comenzado años atrás, cuando el número soñado no era todavía ese, sino uno menos, el 314. La trayectoria hacia la separación fue más lenta y más laboriosa de lo previsto, y en ese camino se adelantó Burela y su separación de Cervo, que se formalizó en 1995.

La primera coordinadora vecinal creada para impulsar la segregación de A Illa había nacido en 1987, una vez cerrada la construcción del puente que a partir de 1985 la uniría a lo que los isleños siguen llamando socarronamente o continente, y que fue otra de las tres grandes luchas de la localidad -«Luz, ponte, concello», enumeraba una pintada en la avenida de entrada a la población-. Esa nueva batalla duraría una década y se ganaría por la vía de la iniciativa vecinal. El 19 de noviembre de 1994 una gran marcha encabezada por los mayores del municipio cruzó el puente hasta el Concello de Vilanova para entregar al alcalde, el también isleño Manuel Dios, el expediente de segregación. Dos años después, el 21 de noviembre de 1996, un fax enviado desde la Consellería de Xustiza, que entonces dirigía Xesús Palmou, confirmaba que el Consello de la Xunta acababa de dar el visto bueno a la segregación de A Illa. Minutos después comenzaban a sonar las bombas de palenque -por supuesto, 315- y las campanas de la iglesia de San Xulián repicaron para seguir la fiesta. Solo unas semanas más tarde, el 1 de enero de 1997, A Illa se convertía en concello.

Paula Dios, Xambo, Gema Salgado, Álvaro Poza y Fran eran adolescentes cuando participaron en aquella marcha con la que los isleños reivindicaron su separación de Vilanova. Recuerdan aquel como un «día festivo», en el que caminaron «con toda a familia, coa pandilla de amigos», hasta que una vez frente al Concello de Vilanova «alguén subiu e entregou as firmas», relatan Xambo y Paula. Fueron, recalca el primero, «momentos moi bonitos de vivir». «Nós non sabiamos exactamente o que ía cambiar, pero sabiamos que era algo importante», apunta Gema.

Aunque la fiesta solo se vivió en uno de los dos extremos del puente -la segregación no se celebró en Vilanova-, para sus protagonistas fue una separación amistosa, y Vilanova y A Illa son hoy vecinos bien avenidos. «Por moito que se diga que hai rivalidade, eu teño amigos de Vilanova, fun ao instituto en Vilanova, xoguei ao fútbol alí...», dice Xambo.

Eso sí, de perder su identidad los isleños no quieren ni oír hablar. A su juicio, la segregación ha sido buena para A Illa. «Pasamos de ser unha parroquia a ser o centro», opina Paula. También para Gema «pagou a pena», porque «A Illa mellorou moito». «Creo que demostramos nestes anos que somos capaces de vivir», dice Paula. Entienden que por eficacia las Administraciones deben unificar servicios, «sexa a través das mancomunidades, das deputacións, ou da forma que sexa», pero eso no tiene que ir aparejado a una fusión: «Unificar si, pero non perder a identidade», sostienen. Porque A Illa, «salta á vista», tiene una «situación única» que justifica su existencia como concello, insisten. Y no solo eso: «Somos un pouco peculiares, aínda que cada vez menos», explica Xambo.

Tan peculiares que la suya es la última segregación que se materializó en Galicia. Poco después de que se rubricase, en la comunidad comenzaba a hablarse del proceso contrario, la fusión de municipios. Apenas un lustro después de la segregación, en el año 2002, el entonces alcalde de Lalín, José Crespo (PP) abanderaba un proyecto de fusión municipal, que la Xunta amparaba con una subvención, con la vista puesta en el año 2017, en el que Galicia debería tener 60 concellos. A punto de saludar ese 2017, las segregaciones se han frenado, pero las fusiones van más lentas de lo que la Xunta hubiese deseado. Por el momento, solo dos. Abrían el fuego Oza y Cesuras y seguían ese camino Cerdedo y Cotobade, cuya unión se hizo oficial hace algunas semanas.

Pero a la vista está que cuando se habla de fusión de concellos los isleños no miran hacia sí mismos. «Eu non digo que a outros non lles vaia ben, pero eu non volvería marcha atrás», apunta otra vez Xambo. Por el momento, las fusiones han desplazado a A Illa del mágico 315. La Galicia de hoy tiene 313 concellos.

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