La belleza


Decía Kant, al parecer filósofo de referencia de Pablo Iglesias, que la belleza es lo que complace universalmente sin concepto, lo que produce un placer inmediato, sin consideraciones intelectuales ni morales. Como el amor, otra idea tan cara a Iglesias. Pasiones puras, provocan una adhesión irracional. Conmovedoras en las películas, motor de las personas, un peligro en la política. ¡Cuántas tragedias ha provocado en la historia la sumisión inquebrantable a una idea! O a un caudillo, que viene a ser lo mismo. La pasión ciega es una amenaza para la política, territorio de la racionalidad, el espacio para el argumento, el punto de encuentro de intereses diversos, dispares y hasta contradictorios. Por eso un pilar de la democracia es el respeto al discrepante; otro, el debate como instrumento de decisión. Ninguno de ellos está presente en los movimientos populistas, que se alimentan siempre de un par de ideas simples, por no decir burdas y sin matices, que se asumen acríticamente. Y a quien no comulgue con ellas se le expulsa por traidor. Porque no hay razones, solo dogmas de fe. Los populismos son religiones y sus líderes, sumos sacerdotes. Su poder proviene del carisma personal, sus palabras sientan doctrina y sus decisiones se acatan sin más. Y entre ellos y las masas, nada. Porque las estructuras intermedias, que son las que de verdad sustentan y dan vida a un partido, como a cualquier organización, son simples correveidiles en formaciones caudillistas como Podemos. Y en España ya sabemos que los caudillos son incompatibles con la democracia.

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