¡Y viva el espectáculo!


En la era Twitter, lo importante es llamar la atención. Es el paradigma de un mundo de consumo rápido, en el que un producto sustituye a otro que casi no ha sido usado, en el que una idea tapa a otra sin que dé tiempo a saber si tienen o no fundamento. Es el reino de lo fugaz, como la estrella que refulge un instante antes de morir. Un mundo de impactos que busca la excitación permanente aunque ninguno deje huella. Es la espectacularización de la vida. Y en esas anda también la política, como se pudo comprobar en la sesión de apertura de la legislatura. Empezando por la decisión de Carolina Bescansa de llevar a su bebé al Congreso. Hay gestos poderosos que mueven conciencias, pero la frontera entre el símbolo y la sobreactuación a menudo es una línea muy delgada. Porque el artificio acaba sacrificando el contenido y reduciéndolo a un significante vacío, como a ellos les gusta decir. El debate sobre la conciliación es importante, pero no surgió ayer ni Bescansa aportó nada, si acaso banalizarlo y quizás algo aún peor: retroceder a cuando el cuidado de los hijos se consideraba una cuestión solo de la madre. Pero, bueno, se le puede conceder el beneficio de la duda. Lo indudablemente excesivo son las coletillas al prometer el cargo erigiéndose en la voz de la gente. ¿Y los demás diputados a quién representan? La soberbia es incompatible con la razón. Aunque sea muy usual en quien vive del espectáculo.

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