El jurado respondió al cuestionario del objeto del veredicto con 45 testimonios, pruebas periciales o documentos, y no tuvo en cuenta más de la mitad del contenido de la vista oral
01 nov 2015 . Actualizado a las 11:26 h.Los nueve de Fontiñas, los cinco hombres y cuatro mujeres que el pasado lunes se retiraron a deliberar sobre todo lo visto y escuchado durante un mes en la sala de bodas de los juzgados compostelanos, afrontaron el reto judicial como uno de esos exámenes trampa en los que el profesor te deja acudir a los libros y los apuntes para responder a las preguntas. El presidente del tribunal, de acuerdo con las partes, les puso un cuestionario -el objeto del veredicto- y ellos fueron dando respuestas cuyo valor reside en el razonamiento y la motivación. A la vista del resultado, y siguiendo el símil académico, para pasar la prueba hubiese llegado con estudiarse algo menos de la mitad de la vista oral. El resto fue contexto o paja.
El hallazgo del cadáver
¿Se veía o no en la pista? Todo lo ocurrido en la tarde noche del crimen pasó a un segundo plano a la hora del veredicto. Vecinos de la pista forestal de Teo en donde apareció el cadáver, forenses y guardias civiles dedicaron mucho tiempo a debatir sobre la luminosidad de la luna llena y la posibilidad de que el cuerpo no estuviera en el lugar a medianoche -cuando por allí pasó un matrimonio- y sí a la una de la madrugada.
Los teléfonos y el coche
La clave era lo que no había. La investigación puso mucho énfasis en los registros de las casas, los teléfonos y los coches, el hábitat natural de cualquier persona normal. Pincharon en hueso, como se pudo comprobar en el juicio, donde las defensas desacreditaron con bastante solvencia cada prueba que se presentó. Parece lógico que en el coche familiar aparezcan huellas y restos biológicos del padre, la madre y de Asunta, los usuarios habituales incluso después del divorcio. No encaja tanto la falta de las alfombrillas traseras del Mercedes, cuya desaparición abre interrogantes pero no despeja dudas. Lo mismo ocurrió con los teléfonos. El rastro más fácil de seguir para los investigadores a día de hoy no ofreció demasiadas respuestas. Solo para ubicar a Rosario Porto en la finca de Teo a las 19.27, cuestión que encajaba con su coartada. Levantaron polvareda e indignación en las defensas las fotografías que se encontraron en el móvil de la madre, que quedaban abiertas a interpretaciones que enfilaban el caso hacia otros caminos que nunca llegaron a abrirse y no eran materia del juicio: los abusos sexuales. Como en el caso del coche, casi es más llamativo lo que falta que lo que se encuentra. Las conversaciones de wasap de Alfonso y Rosario del 20 y del 21 de septiembre desaparecieron y no se pudieron recuperar.
El ordenador de Alfonso
El Guadiana del caso. Fue la gran teima de Belén Hospido, la abogada de Alfonso Basterra. Fue una cuestión de honor más que jurídica, porque la instrucción y la investigación consideraron que se había ocultado en el primer registro del piso de República Arxentina y que reapareció a finales de diciembre. El tema también fue recurrente durante la presencia de los guardias civiles que hicieron la investigación e incluso los interrogatorios de dos hermanos de Alfonso, los dos únicos familiares que testificaron en el juicio, se centraron en torno a un ordenador en el que, una vez analizado, no se encontró nada relevante para la investigación.
El hombre del semen
El tercer imputado virtual. Los padres no estuvieron siempre en el centro de la diana de la investigación. Hubo otros focos. Dos, en los minutos siguientes a la aparición del cadáver. Se especuló con un atropello o con una agresión por parte de los dos hombres que la encuentran: «¿Qué le hicisteis a la niña?», les preguntó el mando de la Guardia Civil que se hizo cargo de la situación. La sorpresa saltó en octubre del 2013, un mes después del crimen, cuando detienen a un hombre de origen colombiano residente en Madrid cuyos rastros de semen aparecen en la camiseta de Asunta, que estaba siendo analizada en el laboratorio de la Guardia Civil. «Oro para las defensas», definió el fiscal este hallazgo. El juez instructor imputó a este joven, investigado en ese mismo centro de criminalística por un supuesto caso de agresión sexual, pero determinó que unas tijeras de trabajo habían contaminado las pruebas. Con todo, la vista oral dedicó toda la mañana del 8 de octubre a indagar en la vida de un hombre que entró en el juicio como testigo y que las defensas interrogaron como a un acusado hasta que intercedió el juez. Ramiro Cerón Jaramillo demostró que aquel día estaba recogiendo en Madrid el traje beis de su boda y su familia y amigos completaron la coartada. Días después, el equipo de criminalística negó cualquier responsabilidad en la contaminación de la prenda.
Testigos de las defensas
Sí, era una familia feliz. Las últimas jornadas de las pruebas testificales fueron un desfile de personas vinculadas a la vida de Rosario Porto y Alfonso Basterra. Sus testimonios fueron huecos, aunque revelaron el escaso apoyo que encontraron los acusados en su entorno y su absoluta supeditación a la vida de los abuelos de Asunta. Por Fontiñas pasó el portero del edificio de Xeneral Pardiñas 7, una antigua amiga de la familia, la decoradora del piso heredado por Charo, el director del instituto de Asunta, el propietario de una ferretería -que incluso dejó más dudas en torno a una versión de la madre- y hasta una compañera de la cárcel de Teixeiro. Todos tenían el recuerdo de unos padres amantísimos de su hija y una «familia feliz» con buenas relaciones entre ellos. Antes del divorcio, claro.
Los grandes ausentes
El amante y la amiga. El juicio deja dos grandes lagunas de tiempo en el relato del verano. La semana que pasó Rosario en el hospital y en la que supuestamente pudo forjarse el plan conjunto para matar a Asunta; y su quincena vacaciones en San Vicente con una amiga. Nada se sabe de lo que hizo o dijo esos días. El 13 de octubre estaba citado a declarar Manuel, el empresario amante de Porto que precipitó su divorcio y que pasó con ella el día anterior al crimen. Se habló mucho de él, pero las defensas evitaron a última hora su presencia en la sala. Su testimonio se consideró «innecesario». Como el de tantos otros.