Dos presos nada comunes

Cuando empiece el juicio, Rosario y Alfonso habrán cumplido 2 años en prisión. A él ya no le pegan y ella se ganó el cariño de las reclusas


a coruña / la voz

A los reos Rosario Porto y Alfonso Basterra no hizo falta ir a buscarlos fuera ni organizar batidas. Ellos solos se presentaron en comisaría con un problema -la desaparición de una hija- y salieron con dos -como sospechosos de asesinarla-. En el momento en el que entraron en el cuartel compostelano para denunciar la desaparición de su hija Asunta, el juez les puso la vista encima y no se la quitó desde entonces. Los envió a prisión, ante el asombro y la incredulidad de sus amigos y conocidos, cuando este matrimonio de la élite social y cultural de Santiago no fue educado para estar entre asesinos peligrosos con cerca de un siglo de condena y un pincho en la mesilla. Gente que dejó su rostro retratado en todas las estaciones de ferrocarril de España. Matones de película con antecedentes sanguinarios. De esos tipos que trabajan a tanto el miembro amputado. Estaba cantado que no iba a ser una estancia plácida, y no lo fue. Lo pasaron mal, sobre todo al principio. Él mucho peor que ella. Pero con el tiempo se fueron aclimatando y a día de hoy, a unos 3 meses del juicio, se puede decir que su vida en la cárcel, sin ser apacible, es mucho más tranquila.

Ingresaron en prisión el 27 de septiembre del 2013, cinco días después de la dramática muerte de su hija y una hora después de que el entonces titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Santiago, Vázquez Taín, decretase su encarcelamiento porque no les creyó ni media de lo que le contaron o callaron.

De nada de lo que se decía de ellos en la calle y en los juzgados fueron ajenos Alfonso y Rosario, puntualmente informados por sus abogados, por la prensa y por algunos de sus compañeros de módulo. Aunque en Teixeiro no hayan cruzado mirada -nunca solicitaron un vis a vis, al que tendrían derecho por ser pareja- la relación entre ambos fue ahí dentro como lo había sido fuera, complicada. Se comunicaban a través de sus abogados o de alguna carta. Se animaban el uno al otro. Había mucha complicidad al principio. Pero hubo algo que envenenó esa connivencia y fue el escrito de la defensa presentado por la letrada de Basterra. Aquello enfureció a Rosario, según una de sus compañeras, que la escuchó decir de él fuertes exabruptos. Porque en aquel escrito se venía a decir que él nada tuvo que ver, que era Rosario la que estuvo aquella tarde con su hija, desviando hacia ella los focos de la duda. Fuentes penitenciarias recuerdan que aquello lo tomó Porto como una traición y desde entonces cada uno camina por su lado. Él, en el módulo 14, el de preventivos primarios, rodeado de reclusos de mediana edad, de buen comportamiento, de los que disfrutan ya de permisos y no van a meter la pata cuando ya tienen un pie en la calle. Y ella, en el de mujeres. Está perfectamente aclimatada. Una oenegé para sus compañeras.

Ni el descuartizador de Aranga, ni el capo georgiano Zakhar Kalashov... Ninguno de esos ilustres reclusos de la prisión de Teixeiro revolucionó tanto a su llegada como los padres de Asunta. Entraron aterrorizados, a remolque de la incertidumbre de lo que se les podría venir encima. Y encima se les vino una vida carcelaria para la que no estaban preparados. Fueron insultados, agredidos y amenazados. La dirección de la prisión ha tenido que trabajar mucho para terminar con todo aquello. Basterra llegó a conocer hasta cuatro módulos antes de acomodarse en el 14. Allí donde iba, siempre se encontraba con un preso o dos que lo atormentaban. El último fue un ruso que aún hoy nadie sabe por qué le levantó la mano. Él se intentaba distraer con la lectura, trabajos carcelarios y la escritura epistolar y literaria.

Una «oenegé»

Cuando su cuidado y su custodia la asumió la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, Rosario hizo mucho más por adaptarse que él. Buena conversadora y alegre, en la prisión supo hacerse con el respeto de la mayoría de sus compañeras con gestos que no le vienen de su niñez en el colegio Pío XII, ni de su adolescencia en el Rosalía de Castro, ni de sus idiomas aprendidos en Inglaterra o Francia, ni de sus carreras, ni tampoco de sus diez años como cónsul. Sabe Dios de dónde le viene esa jerga que ahora domina para estar a la altura de la platea. No le tembló la mano al principio cuando se enfrentó a Instituciones Penitenciarias con una serie de exigencias a las que tenía derecho. De aquel espíritu sindicalista fueron testigos sus compañeras, que poco a poco fueron aceptándola y hoy incluso goza de un núcleo pretoriano que la defiende a muerte.

No cayó bien al principio. Cuando ingresó en el penal, sus compañeras la apodaron «la diabólica». ¿Qué ha ocurrido ahí dentro para que ahora Rosario Porto sea una presa respetada? Pues ha habido de todo un poco. Primero, paciencia y callar mucho la boca dijeran lo que le dijeran. Y segundo, ser una buena reclusa que «da hasta lo que no tiene», según una de sus ex compañeras. «De pronto se le veía hundida y llorando, y a los dos minutos se reía a carcajadas», recuerda la misma fuente.

Tuvo muchos momentos difíciles, pero sobre todo dos. Uno, al principio, cuando no le quedó otro remedio que solicitar protección a la dirección. Rosario, como abogada, conoce el régimen penitenciario e hizo uso de él. Pidió al director que se le aplicase el artículo 75.2, el que exige medidas de seguridad para el reo. Y el segundo momento complicado fue cuando solicitó el cambio de catre, pues dormía en el de arriba y quería el de abajo. Lo pidió por los cauces reglamentarios, ignorando que la ley de la cárcel dice que la manera más rápida de pasar en prisión de la litera de arriba a la de abajo es a bordo de un mal gesto. Porque lo primero que aprende uno en la cárcel es que el nuevo duerme en el catre más alto. Pasar al de abajo, que en el penal es un ascenso, es cuestión de tiempo o carácter.

Pero ahora campa a sus anchas porque se granjeó el respeto y el cariño de muchas, sobre todo de las reclusas más duras. ¿Cómo? Pues dándole dinero a la que lo necesita, regalando trapitos de marca a la que le falta abrigo y poniendo buen abogado a quien se lo demanda. Si ve que la familia de alguna compañera lo pasa mal económicamente, si sus hijos necesitan calzado, ahí está Rosario. Porque dos semanas después de su ingreso en Teixeiro, la excónsul de Francia en Compostela recibió parte del vestuario que tenía en su casa y que es la envidia del resto de compañeras porque se trata de ropa de marca. Ese armario fue menguando porque si a una le gustaba tal blusa, Rosario se la regalaba. «A mi me dijo: quédatela tu, que te queda mejor que a mí».

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