El chaleco o la vida

VIGO CIUDAD

07 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

La policía que hace nueve días acudió a una alerta de atraco a la sucursal de un banco en Vigo estaría hoy viva si hubiese dispuesto de un chaleco antibalas. Lo dicen sus compañeros, y lo reconoce el ministro del Interior. Su muerte, pues, se puede traducir en euros: poco más de 700 el chaleco bueno, según el precio de mercado. Si alguien puede cifrar una vida en euros, esta vida ha sido de saldo, es más barata que la habitación de hotel de algunos mandos. Que las personas que dedican su vida y su esfuerzo a protegernos no estén ellas mismas suficientemente protegidas es para echarse a temblar. Por descontado, ningún responsable político ni policial asumirá el error mayúsculo de lo sucedido el día en que mataron a Vanessa. No sucederá porque en este país nadie está dispuesto a asumir responsabilidades por nada. Es triste saber que Vanessa Lage podría estar hoy viva si hubiera dispuesto de un chaleco. También que muchos de sus compañeros, algunos de los cuales están a estas horas jugándose la vida por proteger la nuestra, no lo llevan o, si lo llevan, es porque lo han pagado de su bolsillo. Según las diferentes versiones oficiales aportadas el problema es de distribución (están llegando o a punto de llegar...) o de falta de fondos. Claro que sí hubo dinero a espuertas para sanear bancos, qué ironía, saqueados por sus cúpulas. Exactamente, 70.000 millones de euros de todos los españoles. Con ese dinero se podrían haber comprado ¡¡¡100 millones de chalecos!!! Cuestión, en fin, de prioridades... A Vanessa Lage ya nada le devolverá la vida, pero quienes por nosotros han decidido qué es lo importante y qué es lo accesorio aún tienen tiempo de subsanar algunos errores imperdonables. Por lo pronto, asumiendo su irresponsabilidad. Es triste ver que este país no supo estar, y sigue sin saber estar, a la altura de una servidora pública que expuso y sacrificó su vida intentando proteger la de otros. Sin chaleco. Que, oír para creer, dicen algunos que no son la panacea, cuando ha quedado claro que es la terrible, insalvable y eternamente dolorosa diferencia entre estar viva o estar muerta.