Una condena honorífica


El cacique no era bueno. Era solo un cacique, lo cual ya se sabía. Lo sabía Feijoo, que llegó a agradecerle su apoyo en la victoria. Lo sabía Rajoy, el de «Baltar es el PP». Quizás ya no se acuerda. El cacique no era bueno, y está muy bien que se recoja por escrito. Lo hace una sentencia que, siendo justa, no hace justicia, porque llega con Baltar en pleno jubileo. Se trata, en realidad, de una condena honorífica. A Baltar no le va a pasar nada por haber convertido la Diputación de Ourense en Baltar, Sociedad Ilimitada, empresa de colocación. Ni un día a la sombra, ni la inhabilitación de aquellos que consintieron o se beneficiaron de sus favores, apenas el pago de las costas judiciales. Lo bueno es que Baltar y su forma de hacer política han quedado retratados, ya no por sus contrarios, sino por una jueza: Baltar prevaricó a conciencia, sabiendo lo que hacía, y por qué lo hacía. Ese es hoy su epílogo. Lo malo es que Baltar, y aún hay en Galicia muchos baltares, sigue creyendo que obró bien, porque él decide qué es justicia. De ahí su socarrón alegato final ante la jueza: «Buenas vacaciones a quien pueda disfrutarlas, que yo ya llevo tiempo de ellas». Y en ellas sigue. Eso es lo malo.

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Una condena honorífica