«A veces no tenemos qué comer»

La Voz A. GERPE / RIBEIRA, LA VOZ

GALICIA

Marta Verdeal Bóveda, en la imagen con una de sus hijas, su marido y su padre.
Marta Verdeal Bóveda, en la imagen con una de sus hijas, su marido y su padre. monica ferreiros< / span>

23 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Cualquier otra persona en la situación de la vecina de Ribeira Marta Verdeal Bóveda estaría sumida en la angustia y, sin embargo, esta mujer afirma que «hay gente que esta peor, que tiene que dormir en la calle. Nosotros, vamos tirando». Escuchando esta frase y conociendo su historia, la palabra preocupación o angustia adquieren otra dimensión.

El infortunio parece haberse aliado para convertir la vida de Marta Verdeal y su familia en un calvario al que ellos hacen frente día tras día. Madre de tres hijos de 22, 21 y 18, todos sin empleo, su marido, que era marinero, sufre cáncer desde hace tiempo y tuvo que dejar de trabajar. También su padre se ha puesto enfermo y, desde hace dos semanas, la mayor parte del tiempo lo pasan en el hospital. Además, ella padeció un ictus hace cuatro años y una de sus hijas es autista. En la vivienda reside también su hermano, José Francisco, que durante 21 años estuvo embarcado y que actualmente carece de empleo, porque la empresa en la que estaba quebró, y de prestación alguna.

Cuando le diagnosticaron el cáncer a su marido, Marta Verdeal, que siempre había trabajado en el servicio doméstico, se convirtió en el sustento de la familia: «Tenía muchas casas para limpiar y ganaba lo suficiente para pagar el alquiler y para correr con los gastos de la casa». Incluso, precisa su hermano, en esa época era socia de Médicos sin Fronteras. Ella asiente e indica: «Daba lo que buenamente podía». Eso sí, esta mujer no ha cotizado nunca: «En alguno de los domicilios en los que he trabajado les pedí que me asegurasen, pero me decían que tenía que pagármelo yo».

La tensión provocada por la acumulación de trabajo, dentro y fuera de casa, fue la causa, según le indicaron los médicos, del ictus, que la dejó prácticamente sin habla, que ha logrado recuperar paulatinamente.

A esto se sumó la crisis y Marta Verdeal fue viendo como, poco a poco, descendía el número de viviendas en las que se requerían sus servicios: «Antes trabajaba sábados y domingos, pero dejaron de llamarme. En un domicilio al que cuando las cosas estaban bien económicamente acudía una vez a la semana, ahora me llaman una vez al mes». Con la reducción de ingresos comenzaron las restricciones, las visitas a Cáritas para conseguir alimentos y la angustia: «Muchas veces no tengo comida para poner en la mesa. En algunas ocasiones he pedido dinero prestado para poder comprar algo y lo he devuelto cuando he podido».

Desde hace poco, su hija con autismo percibe una prestación, pero la sucesión de enfermedades impiden a esta familia levantar cabeza: «Estas semanas, con mi padre en el hospital, teníamos que gastar el dinero del autobús y comprar pan y algún embutido para poder llevar un bocadillo».

Tampoco puede satisfacer con regularidad los trescientos euros de alquiler del piso y afirma que debe varias mensualidades: «Voy pagando como puedo». Marta Verdeal afirma que «lo ha pasado muy mal y no cree que su situación vaya a mejorar». La resignación se ha convertido ya en una forma de vida: «Hoy comemos y mañana, Dios dirá».

Sin embargo, y aunque tanto ella como su hermano piensan que «el mundo está mal repartido», no se consideran desgraciados. Ambos coinciden al señalar que otras personas están mucho peor: «El otro día había una persona durmiendo en un cajero automático, eso sí que es triste. Nosotros, por lo menos, podemos dormir a cubierto». Marta Verdeal afirma que lo mejor es «ayudarnos unos a otros, de lo contrario no conseguimos nada».