A la comida de despedida de José Luis Baltar como presidente de la Diputación acudieron tres mil personas. Vale que allí había empanada y en el juzgado solo café de máquina. Pero no deja de resultar sintomática la soledad de quien fuera (casi) todopoderoso en la provincia de Ourense. Un puñado de fieles estuvieron ayer a las puertas del palacio de justicia. Poco más. En todo caso, será en la sala de vistas donde se decida si cometió o no un delito. En todo caso, será la jueza quien determine si su retiro será la absolución o la condena. Hasta que eso llegue, las lecturas de su paso por el banquillo serán más políticas que judiciales.
Las declaraciones servirán para dejar constancia de algo que todo el mundo sabía, cómo se hacían las cosas en la Diputación de Ourense: sin llevarle la contraria al jefe y a golpe de «feito».
También deberían de resultar útiles para transmitir algunos mensajes a los políticos y administrados que algún día creyeron en la impunidad. Las cosas hay que hacerlas bien y, si no las haces bien o parece que las estás haciendo mal, tendrás que rendir cuentas. Es lo lógico.