Harakiri en Santiago


Hay mil motivos para hablar de Japón, especialmente cuando uno regresa de Japón. De ahí que, en otras circunstancias, sería sencillo imaginar a Currás y a Feijoo, recién llegado de Tokio, charlar sobre la floración de los cerezos, el ajetreo de Shibuya o los coloridos neones de Akihabara. Pero si ayer solo hablaron de Japón, como dijo Currás, lo cual hay que poner en cuarentena dado el historial de confesiones del alcalde (sin ir más lejos, a la jueza de Lara), es probable que Feijoo no hablara de cerezos. Lo lógico es que el tema de conversación fueran los samuráis, de cómo el samuray se hace el harakiri para despedirse del mundo con honor. Una charla, si se produjo, inútil, porque Feijoo, que como presidente del PPdeG pierde autoridad cada minuto que Currás pasa en Raxoi, y se supone que es consciente de ello, hablaba con el hombre que intenta a toda costa convertirse en el peor alcalde de la historia de Santiago, con un señor que traicionó a sus más fieles colaboradores y a la ciudad que por desgracia representa, con un señor que está practicando un harakiri colectivo del que solo él pretende salir indemne. Con personas así es inútil hablar de Japón y de samuráis. Es inútil hablar de honor.

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