La construcción de obra pública y privada ha ido descendiendo año a año desde el inicio de la crisis, de una manera tan alarmante que numerosos proyectos se han congelado o han sido definitivamente desechados. En una situación así, los escasos recursos disponibles para construir deben dirigirse hacia aquello que es necesario, incluso imprescindible. Pero nuestro matrimonio con la estupidez es sólido y estable: como hicimos en la salud y en la riqueza, ahora instalados en la enfermedad y la pobreza seguimos fieles a lo injustificable. Hemos dejado de rehabilitar colegios y de mejorar hospitales, no tenemos dinero para enmendar errores urbanísticos, y numerosas personas han abandonado sus ilusiones de habitar una vivienda adecuada. Pero en esta situación hay ayuntamientos que todavía pretenden llevar adelante planes de ordenación con un número de viviendas disparatado, o se construyen aparcamientos subterráneos innecesarios. Nunca fue tan evidente, como ahora, cuando una obra es promovida por intereses que nada tienen que ver con el bien común. En el Gamonal burgalés lo saben muy bien.
Fernando Agrasar es arquitecto.