Un toque de los asesores de Kennedy a la climatización fue decisivo para que el joven JFK derrotara a un sudoroso Nixon en el primer debate televisado de la historia entre candidatos a presidir un Gobierno. Touriño y Feijoo privaron a los gallegos de un careo ante las cámaras en la campaña de las autonómicas del 2009, pero el desenlace que trituró la demoscopia no se entiende sin aquellos 15 días. Como en el histórico debate, la fontanería resultó clave en la inesperada mudanza de Monte Pío.
Feijoo partía en desventaja. El bipartito lucía un balance de gestión compensado. Había errores, claro, pero nada que los gallegos no hubieran visto antes. Su flanco más débil estaba en la azarosa convivencia en el poder de dos proyectos políticos ensamblados por el objetivo común de zanjar 15 años de fraguismo y distanciados por los recelos. Pero las divergencias no parecían determinantes. Si eran suficientes para decantar un vuelco en la Xunta, en los sondeos no constaba. Como tampoco había rastro de un posible desgaste de Touriño por la campaña que Feijoo emprendió meses antes para denunciar supuestos despilfarros. Y en cambio, ese neolenguaje de la austeridad construido sobre coches oficiales y mobiliario de despachos, al que siguen dando uso sus actuales inquilinos, sí acabó calando. Touriño asumiría después el error de no entrar a un debate que veía demagógico.
El caso es que en el arranque de campaña casi nadie daba un euro por Feijoo. Este cronista recuerda como excepción la certera quiniela de un envalentonado Louzán. El viento soplaba a favor de Touriño. No era un vendaval, pero se supone que la inercia bastaba. Solo así se entendía aquel sombrío diseño de campaña, con el presidente retratado sobre fondo negro. El socialista se dejaba ir con una agenda suave. Feijoo se interesaba por los nombres de las vacas y martilleaba con su catecismo de la austeridad. ¿Y Quintana? El nacionalista quedó en fuera de juego a las primeras de cambio, con el desvío de 700 mayores a un mitin en Oia y las fotos en el yate de un empresario. Lo que podía ser un pecado venial para votantes conservadores era una bomba en el electorado progresista. Touriño se desmarcó al asegurar que a él nunca lo verían en «compañías peligrosas».
Estos factores fueron desinflando las expectativas de salvar el bipartito. Touriño echó el resto en la última semana de campaña. En el destemplado mitin de cierre en Santiago, en una jornada en la que recorrió 400 kilómetros por las cuatro provincias, el desánimo era evidente. «Cada voto puede valer un Gobierno», alentó Zapatero. La noche electoral fue un drama en el cuartel general del PSdeG en Compostela. Apenas 100 metros más abajo, eran Feijoo y Rueda los que se bañaban en confeti. El actual presidente tenía otro motivo para festejar. Había ganado 48 euros como único acertante de la porra de los periodistas de la caravana electoral. El austero desbancaba al que los populares convirtieron en sultán.