La otra catástrofe del «Prestige»


Los problemas están en el futuro. En el pasado, los fantasmas, las añoranzas, lo irremediable. Tras la catástrofe del Mar Egeo -cuya última sentencia se ha dictado hace unos meses, con un coste enorme para el Estado- escribí un artículo similar a este, en el que decía que era estadísticamente probable un siniestro de contaminación de parecidas enormes proporciones en nuestras costas, y que nos cogería en iguales condiciones de falta de preparación para hacerle frente en todos los campos, a salvo siempre el capital humano de la solidaridad. No lo quiera el azar y huyamos de ser agoreros. Nunca Máis es un deseo que todos compartimos, pero si en diciembre próximo ocurriera un tragedia similar, posible -es decir posible, afrontémoslo, porque depende de muchos factores como aquí se ha visto- ¿dónde estaríamos? Me imagino a la autoridad marítima con la sentencia del otro día en la mano, a los mariscadores, a los pueblos de la costa, a los solidarios, a los abogados, a los juristas, diciendo ¿y ahora qué hacemos? El pasado es este circo de once años, un circo de llanto y no de risa, con gastos millonarios en limpieza, en juicios improbables en Corcubión, en USA, en Francia, en el País Vasco, en opiniones, en la búsqueda de culpables. El futuro es la pregunta. Si volviera a ocurrir, Dios no lo quiera, estaríamos ante la otra catástrofe del Prestige (y del Casón, y del Urquiola y del Mar Egeo?). Esa catástrofe es que quizás no hayamos aprendido sino a llorar como Boabdil «lo que no hemos sabido defender como hombres».

La contaminación de estos trágicos accidentes tiene tres fases bien diferenciadas: cómo evitar que suceda, cómo manejar el siniestro para disminuir las consecuencias dañosas, cómo compensar los daños. Todo ello implica un marcado riesgo de lo inevitable y creo que hemos avanzado, si algo, muy poco en prevenir, evitar y compensar. Se necesitan estudios, convenios internacionales, protocolos de actuación, puertos de refugio, normas jurídicas de desarrollo de los fondos de compensación y de su reparto, seguros que funcionen, procesos que no se eternicen, diferenciar entre castigo penal al culpable y resarcimiento civil eficiente del daño y mucho más.

Nuestras Administraciones estatales siempre van detrás de los hechos y los demás, quiero decir nosotros, también. No sabemos implicar ex ante a los que luego -ex post facto- queremos culpables. Quizá muchos seamos culpables en mayor o menor medida de la nueva catástrofe del Prestige, porque en democracia el Estado somos todos. Sin duda esa otra catástrofe, en estos once años, ya ha ocurrido. Es sencillamente la continuación de la otra catástrofe del Casón, del Urquiola, del Mar Egeo. Tras el formidable despliegue de medios humanos, ¿dejaremos de nuevo sin contestar las viejas e inalterables preguntas sobre prevención, evitación, compensación, a la espera de lo que se nos ocurra sobre la marcha cuando llegue el momento? La respuesta espera machaconamente.

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La otra catástrofe del «Prestige»