«Me salvé porque estaba de pie»

Xurxo Melchor
xurxo melchor SANTIAGO / LA VOZ

GALICIA

Elena Moreno, diputada de UCD por Pontevedra entre los años 1977 y 1982, es una de las dos heridas del accidente de Angrois que permanecen hospitalizadas tres meses después

25 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Lleva tres meses en el hospital, pero Elena Moreno González (Santander, 1943) está hecha de una pasta especial y mira al mal tiempo con la mejor cara posible. Tiene esa fuerza de las mujeres que en los albores de la España democrática tuvieron que abrirse camino en un mundo de hombres. Vecina de Vigo casi toda su vida, fue diputada de Unión de Centro Democrático (UCD) por Pontevedra en la legislatura constituyente (1977-1979) y en la siguiente hasta 1982, por lo que vivió incluso el golpe de Estado del 23-F de 1981. El fatídico 24 de julio pasado iba a bordo del Alvia que descarriló en Angrois porque vive en Madrid e iba «a pasar unos días a Sanxenxo a casa de una hermana». Fue uno de los casi 150 heridos en el trágico accidente, que causó la muerte de otras 79 personas. De ellos, solo ella y otra mujer siguen hospitalizadas. Sus heridas fueron muy graves, pero ella cree que tiene buenas perspectivas. Se lo toma bien. «A lo mejor me tienen que volver a operar, pero de momento estoy aquí», sentencia.

El optimismo y la compañía constante de sus familiares y amigos están siendo la mejor medicina para Elena Moreno. Aquel 24 de julio pasado sufrió lesiones muy graves en las vértebras y en un brazo, así como quemaduras en las piernas y un sinfín de golpes en todo su cuerpo. Ella no recuerda nada del descarrilamiento y eso cree que le ha ayudado a superar el trance. «Es que ni me enteré, no me acuerdo de nada. Cuando desperté estaba aquí en La Rosaleda -el hospital de Santiago en el que está ingresada-», explica.

De lo que sí se acuerda es de estos tres meses en la clínica, que dice que es «maravillosa» y que está «encantada» con el personal «desde el primero hasta el último», puntualiza. No obstante, el tiempo se le pasa lento. Quizás más porque siempre ha sido una persona muy activa. «Aburrida no, aburridísima», responde cuando se le pregunta cómo pasa el tiempo.

Lo que sí recuerda son los momentos previos al descarrilamiento. «Me estaba esperando un familiar en Santiago. Yo normalmente habría ido a Vigo o a Pontevedra, pero en esta ocasión no fue así. Me avisó de que ya estaba en la estación y como ya estábamos entrando, cogí la maleta y me puse en la puerta de salida. Yo creo que me salvé porque estaba de pie», reflexiona.

Al responderle que más bien parece que el ir de pie, lejos de favorecerle, por lógica debió de agravar sus golpes y que el secreto de que sobreviviera más bien parece residir en su gran fortaleza física y mental, Elena, que tiene la voz de una mujer de 30 años pese a que supera los 70 y que es de actitud tan joven como dulce es su voz, se ríe halagada y añade que «el policía que me sacó del vagón me visita y me cuenta cómo me auxilió».

«Muy incómoda»

Sobre el futuro prefiere no pronunciarse, «porque todavía no sé cuánto me queda en el hospital, tengo un halo en la cabeza, las piernas un poco quemadas y un brazo lo tuve chusco y lo tengo medio paralizado, la mano no la muevo», asegura.

Se encuentra «muy incómoda y mal, porque el halo -soporte para fijar la cabeza- pesa muchísimo y tengo como un corsé desde la cintura. Luego están las quemaduras, que sigo con las curas», añade.

Así, «llena de hierros», ha pasado esta «mujer de coraje», como la definen sus allegados, estos últimos meses en los que no ha podido ni ver la televisión ni leer un libro «porque no tengo fuerza en las manos y tengo una postura en la cabeza muy fija», explica. Eso sí, lee los periódicos todos los días y está muy al día de la investigación judicial del accidente de tren de Angrois del que fue víctima. Sobre quién tuvo la culpa y la posible responsabilidad del Estado por haber reducido las medidas de seguridad en ese tramo de la vía tiene muy claro que «ha sido un simple accidente y ya está, como pasa montones de veces».

Cree que muchas de las cosas que se están diciendo sobre por qué se produjo el siniestro «son ganas de echar culpas a la gente, porque un accidente de esta magnitud no es gusto de nadie. Que se haya ahorrado en seguridad, bien, que el maquinista se haya despistado, bien, pero también por otro lado digo que creo que la señalización no estaba bien, pero llegado el momento, en los accidentes siempre pasa que hay que echarle la culpa a alguien», señala haciendo gala de una moderación, serenidad e imparcialidad solo propias de los políticos de la transición.

Hace poco que ha comenzado a poder andar y cuenta que da paseos por el pasillo como un gran logro, que lo es para una persona que sufrió las gravísimas heridas que ella ha padecido. Admite que «a veces» está «desanimada» pese a que tiene el apoyo de un psicólogo. No es para menos. Los golpes le produjeron la rotura de muchas vértebras «y aún se me tienen que fijar», explica.

Los cafés con Carrillo

De sus tiempos como diputada en el Congreso, Elena Moreno tiene solo buenos recuerdos. Cree que la política de entonces «no tiene nada que ver» con la de ahora porque «no había ese malestar entre unos partidos y otros, éramos más compañeros que luchábamos por una España nueva. Podíamos matarnos en una comisión que luego al salir yo me iba con Carrillo -exlíder del PCE- a tomar un café», relata. Coincidió en el Congreso con nombres míticos de la política como Dolores Ibárruri, de la que a menudo recuerda la anécdota de que un día hacía mucho frío en el Congreso y fue a pedir que bajaran el aire acondicionado. La Pasionaria le dijo: «Hijita, hijita, hay que venir debidamente vestida, hay que traer medias». Un espíritu que echa en falta en estos tiempos de crisis. Ni llena de hierros puede esta mujer llena de bondad olvidar lo que es: una política de raza.