Accidente en Santiago: Un héroe en cada casa

Alberto Mahía A CORUÑA / LA VOZ

GALICIA

Todos los vecinos de Angrois que aquella noche estaban en el pueblo se echaron a las vías

04 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Por lo que se vio y leyó todos estos días, cualquiera se imagina un pueblo contaminado por la fanfarronería y la arrogancia, con vecinos pavoneándose y con el pecho hinchado. Nada qué ver. Quien piense eso no conoce Angrois ni de qué está hecha su gente, pues hablamos de personas que se ponen coloradas al escuchar que su valor ha sido comentado en el mundo entero. Aquí, cuanto menos se hable del asunto, mucho mejor. Porque lo quieren olvidar. Quieren volver a ser los mismos de antes, volver a la normalidad. Porque Anxo, según cuenta, se despierta por las noches; Domingo, que siempre durmió como un lirón, lleva cuatro días sin pegar ojo; o Lucía, que apaga la luz y le vienen de golpe aquellas terribles imágenes. Visto lo visto, lo que viene a continuación casi no hace falta escribirlo: la gente de Angrois da la vida por los demás y no encuentra motivos que por ello haya que levantarles una estatua. Es más, lamentan que no hayan podido haber hecho más de lo que hicieron. Increíble.

Pero hay una frase, pronunciada por el padre de una joven fallecida, en la que se han venido apoyando los rescatadores como si fuera un bastón. Dice así: «No importa que no hayan podido salvar a mi pequeña, porque han salvado a muchos, más de lo que humanamente uno puede llegar a imaginar».

Angrois, que pasó de ser un lugar al que para llegar había que guiar a los taxistas a ser famoso en el mundo entero, es una de esas aldeas tan tranquilas que ponen de los nervios. Con unos 180 vecinos, es como un portal de Belén, con sus casitas, sus calles abovedadas en parra, sus pollitos picoteando, su regato, su vecino llevando una oveja a cuestas... Es uno de esos lugares que casi ya no quedan.

Visto desde un avión, es como ver dos pulmones. Uno, ya mayor, de casas de piedra, parras por doquier, calles estrechísimas y enmoquetadas en bosta. El otro, más nuevo, con viviendas reformadas, muchas nuevas y más aisladas. Este lugar de la parroquia de Sar, a 3 kilómetros de la catedral, está rodeado de varias urbanizaciones y chalés de abolengo. De profesiones principalmente que quieren vivir a cinco minutos del centro y dormir en el más absoluto silencio y placidez. Tal promoción animó a estos y a sus vecinos de Angrois a subirse a la parra ya hace años cuando les empezaron a pedir precio por sus casas. Aquí se escuchan ofertas de Paseo Marítimo. Cuarenta, cincuenta millones (en pesetas)... Aunque de infraestructuras no anden nada sobrados. Pero sus ciudadanos, lejos de situar en el podio de sus desvelos las grandes carencias que arrastran, se preocupan unos de otros, de la cosecha, del paro -que lo hay, y mucho- y, a día de hoy, solo de los heridos. Todos tienen a los suyos. «Me gustaría saber cómo está la madre del niño que saqué», pregunta sin parar Domingo Pájaro. ¿Se sabe algo de la cría aquella que rescaté del vagón?, consulta Ramón Rivas. Y así, el resto. Nada importó que los vecinos carecieran de toda preparación para responder ante tamaña emergencia. Como tampoco que este pueblo peine muchas canas. Porque fue una operación de rescate sin contratiempos, y un único fin: salvar vidas. Así se las gastan en Angrois.