Silencio en el campo de la fiesta

El levantamiento del cordón policial en Angrois deja al descubierto el devastado palco de música


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El campo de la fiesta de un pueblo es como el ágora en la Grecia antigua. Donde los vecinos se reúnen, donde se cuentan las historias. Donde juegan los niños y trazan un pasodoble sus mayores en días de verbena. La providencia quiso que la víspera del Día de Galicia el campo de la fiesta de Angrois estuviera vacío. Porque cuando cae la tarde los vecinos solían sentase allí. Hay un tablón de anuncios y un buzón de la asociación de vecinos que ya no recibirá más sugerencias. Desde que las orquestas llevan sus mastodónticos escenarios, el palco ya no se usaba como antes, pero a veces el cura daba allí sus misas y los carnavales y los magostos teñían de color y de sabor su escenario.

Un vecino desconcertado recuerda que sentado en sus peldaños miraba al túnel pensando: si el tren descarrila no hay muro que lo pare. Está cansado y su cara está arrasada, pero lúcido: «Dicen que las vías están en mal estado, pero las carreteras también lo están y nadie entra a 200 por hora en Santiago».

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