Dos días que tiñeron de negro el Miño

Luis Carlos Llera Llorente
luis carlos llera SALVATERRA /LA VOZ

GALICIA

Carlos Martínez alertó sobre los peligros del río.
Carlos Martínez alertó sobre los peligros del río.

«Hace poco se metieron en el agua hasta las rodillas y les grité para que salieran porque había mucha corriente», relata un hostelero tras la muerte de los menores en Salvaterra

09 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

American Chopper no se encuentra en el desierto de Arizona sino junto a la caudalosa franja de agua que separa Galicia de Portugal. El propietario de este bar, Carlos Martínez, alertó hace poco desde la ventana a los niños de lo peligroso que era bañarse allí. «Los hermanos venían mucho por aquí porque eran amigos de mi hijo, jugaban juntos al fútbol», explica el hostelero. «Aquí hay mucha corriente. Hace dos semanas los vi meterse en el agua hasta las rodillas y les grité para que salieran. Me obedecieron», recuerda. Los niños eran simpáticos y amigos de los dulces. «De vez en cuando me pedían que les regalase una palmerita», relata el dueño del establecimiento.

El pasado lunes, Younesse Sidky, de 12 años, y su hermano Mohamed, de 8, fueron al colegio como cualquier otro día. Salieron a las dos de la tarde y comieron en su casa, un piso situado en el edificio de la calle Rosalía de Castro, junto al colegio Infante Felipe en el que estudian. En la misma planta vive su amigo Mohamed Belaidi, de 10 años, que llegó el pasado abril, tres meses después de que lo hiciesen «mis mejores amigos», dice.

Los hermanos Sidky habían vivido antes en O Porriño, y la familia Belaidi, en Poio. «Vinimos a Salvaterra porque tenemos familiares y amigos aquí. Todos somos de la misma provincia de Marruecos», cuenta Abdul Belaidi, padre del tercer niño, que se salvó.

Después de comer, a las cuatro de la tarde los dos hermanos y su amigo salieron de casa para ir a jugar. Muchas tardes se desplazaban a la plaza del Ayuntamiento como lugar de esparcimiento. Otras veces acudían a las pistas deportivas situadas en la zona de A Canuda. Allí fueron el lunes. «Jugamos como una hora al fútbol», recuerda Mohamed Belaidi.

Después de las cinco de la tarde los tres chicos decidieron dar un paseo hasta las pesqueiras, construcciones para capturar lampreas situadas a unos 600 metros del puente internacional. «Pasaron a mi lado brincando y tirando piedras al agua», recuerda Radoane Rbibish, un vendedor ambulante marroquí vecino de Salvaterra. Radoane se encontraba bajo un árbol junto a su esposa, portuguesa.

Cuando llegaron a la pesqueira, primero accedieron a la construcción y se subieron encima. Luego los dos hermanos se acercaron a la orilla del agua para tirar piedras para hacer ondas. Su subieron a una gran roca inclinada y resbaladiza. «Younesse cayó al agua al tirar una piedra», cuenta el superviviente de la tragedia, que se encontraba retrasado respecto a la posición de los dos hermanos.

«¡Mohamed, ayúdame!», gritó el mayor a su hermano pequeño», cuenta su amigo. Este le tendió la mano, pero no pudo sacarlo, y también fue arrastrado al agua por la fuerza de la corriente y el peso del mayor.

Pozas

En el lugar hay pozas porque las empresas de áridos han extraído tradicionalmente grava del lecho del río. «En la zona en la que cayeron había unos diez metros de profundidad», señala uno de los bomberos que participaron en el rescate.

Al ver cómo sus dos amigos caían al agua buscó «un palo para que se agarrasen, pero no encontré ninguno», cuenta Mohamed Belaidi, que veía impotente cómo el mayor desaparecía de su vista y que el pequeño se alejaba, arrastrado por la corriente, realizando esfuerzos inútiles por alcanzar la orilla.

El niño de 10 años salió disparado a pedir ayuda. «Corrí lo que pude». Su compatriota, Radoune, que seguía en el paseo, vio cómo Mohamed Belaidi le hacía aspavientos con las manos mientras gritaba en árabe: «¡Cayeron al agua!». «Llegó hasta mí asfixiado, sin aire y lo cogí de la mano para que me llevase al sitio donde habían caído sus amigos», cuenta Radoane.

Su mujer salió en dirección al centro del pueblo. La comisaría de la Policía Nacional se encuentra a cien metros. Pero por las tardes cierra. Tampoco estaba abierto ese día el bar American Chopper, por descanso. Al llegar a la rotonda del puente internacional la mujer paró un coche. Era el de Borja Martínez, que venía del dentista, en Monçao. «Me hizo señas y me gritó lo que pasaba. Paré el coche en la rotonda y lo dejé abierto y todo». Borja, que es un gran deportista, corrió hasta el lugar donde se encontraba Radoane, que intentaba reanimar a Mohamed Sidky en el agua haciéndole masajes y la respiración asistida contra la pared del cauce. Como los muros de granito están inclinados y no disponen de estribos para subir no podían sacarlo del agua. «Bajé hasta el río cayendo por la pendiente», cuenta Borja.

Mientras tanto, también había llegado al lugar el zapatero Álvaro Fernández, avisado también por la mujer de Radoane. «Me quité la camisa e intentamos hacer con ella una cordada para sacarlos del río, pero la prenda cedió y la perdimos de nuestro alcance», dice Álvaro.

A los diez minutos llegó la Guardia Civil con una gran cuerda y las empleadas del geriátrico con una botella de oxígeno. Los intentos por reanimar al pequeño Mohamed no dieron resultado. «Lo llevaba en brazos y tenía los ojos en blanco y los labios amoratados», recuerda Borja Martínez. Fue la Guardia Civil la que avisó a las 18.32 al servicio de emergencias 112 solicitando medios de rescate. Tras un gran despliegue, al día siguiente, a las 11.30 horas, apareció el cuerpo de Younesse.