¿Qué está pasando a una sociedad que comparte el desayuno con la noticia de que una casa rural ha terminado arrasada por medio centenar de jóvenes, en su mayoría menores de edad, que asistieron al 17 cumpleaños de una chica de Santiago tras haber sido convocados a través de redes sociales? Podemos tranquilizarnos con la idea de que es un hecho aislado, anecdótico y puntual, pero desde el ámbito de la psicología es más bien un síntoma de que algún componente del cuerpo social no está funcionando adecuadamente e incidentes como este no son ni más ni menos que el exponente externo y visible de un problema más profundo y latente. Nuestros adolescentes convierten un actividad lúdica de la celebración de un cumpleaños en una mala versión de una película americana de teenagers y los adultos/as fluctuamos entre el desconcierto y la simple reprobación sin pararnos, o sin desear hacerlo, a analizar los orígenes más psicosociales de esta conducta, pero desde la investigación científica sabemos que la agresividad como vía de actuación viene generada fundamentalmente por la frustración y es precisamente la falta de canalización de esta frustración cotidiana la que lleva al individuo, tenga la edad que tenga, a volcarla en objetos y/o personas. Es preocupante que muchos de los adolescentes que pueblan nuestras ciudades y villas tengan a tan temprana edad tal cantidad acumulada de frustración que les lleve a arrasar un entorno casi bucólico por definición como es una casa de turismo rural. Quizá para entender este comportamiento habría que saber lo que acontece en las mentes de nuestros adolescentes, que ven cómo el futuro de sus padres y por ende el suyo se ve hipotecado y cada vez más se sienten desahuciados del paraíso que otras generaciones soñaban conquistar a los 16 años.