Noche de sábado en urgencias para verificar el desfile de menores ebrios
05 nov 2012 . Actualizado a las 11:59 h.Medianoche pasada a la puerta de urgencias en el Hospital Universitario A Coruña. Según las estadísticas, al menos ingresarán dos menores con intoxicación etílica a lo largo del servicio. A favor de la hipótesis: es principio de mes, lo que dispara las intervenciones del 061; en contra: llueve de forma intermitente y la noche del sábado es la cuarta consecutiva del largo puente. Además, no es buena hora. «Es demasiado pronto. Esto se anima a partir de las cuatro», me advierte un técnico de ambulancias.
El tráfico de pacientes es lento. De tanto en vez llega alguna persona mayor con lo que parecen problemas respiratorios. En la sala de espera hay unos cuarenta acompañantes que entran y salen con los impulsos que dicta la nicotina. El personal sanitario también fuma: «La mayoría solo necesitan dormirla. Si la cosa no es muy grave, se les pone suero con glucosa y vitamina B. En dos horas están fuera», explica una enfermera. Tienen el fenómeno tan visto que no les llama la atención.
Pasadas las dos de la mañana aparece la primera víctima. Inconfundible: derrotada sobre una camilla, tapada con una sábana y acompañada por una jovencita con una edad tan corta como su falda. La cara de la paciente comunica preocupación; la de los camilleros no tanto: «Bueno, es lo habitual -explica uno de los técnicos de la ambulancia tras completar el ingreso-. Y no será la última, porque quedaban los jardines llenos». Los jardines de Méndez Núñez, el templo del botellón coruñés, suele ser un vivero de urgencias etílicas. De allí ha llegado esta.
El personal de las ambulancias atesora historias sin fin: «Hace poco -comenta un técnico- hubo uno que, cuando le dieron el alta, nos pidió que lo dejáramos en el Orzán». Para seguir de fiesta. O los que ingresan tras una trifulca: «Nos avisan para recoger a alguien y cuando llegamos aún se están peleando. Cuando acaban, los recogemos y al hospital», comenta otro. No es la primera vez que la bronca sigue en el interior de urgencias.
Las explicaciones
A base de historias va pasando la noche sin que lleguen más intoxicados. A las tres y pico, las dos jóvenes acompañantes de la menor salen a por un café: «Solo era vodka con limón; solo tomamos eso», explica la más joven. Tiene 16, como su amiga, que se iba a quedar a dormir en su casa. La mayor es su hermana, que se ha visto en la obligación de supervisar todo el episodio: «Soy responsable de ella».
La más joven cuenta que es la primera vez que les pasa y admite que ella misma también se vio un poco perjudicada antes del incidente. Ahora se van. Ya han llegado los padres de su amiga: «Unos maleducados. Ni nos han saludado», dice una de ellas.
-Para casa, ¿no?
-Yo no, me voy a buscar a mis amigos para contarles lo que ha pasado.
-Yo tampoco. Me voy al Orzán, que casi no me ha dado tiempo a salir.
Aún pasará más de media hora antes de que aparezca por la puerta la familia entera: los padres, con cara de circunstancias; la paciente, vestida de noche, recuperada pero profundamente compungida mientras la que parece su hermana pequeña intenta consolarla con caricias en la espalda. Todo un cuadro. Seguramente ninguno de los cuatro olvidará la vergonzante peripecia y la protagonista tardará en probar de nuevo las tentaciones de la noche. O no.
Es un clásico en el servicio de urgencias la llamada a los padres para avisar de que el menor está ingresado y que la respuesta de estos sea de incredulidad: «Nos contestan que nos hemos equivocado porque su hijo no bebe», comenta una enfermera. Pero al final está allí «Algunos nos dicen hasta si podemos averiguar si a su hija le echaron algo en la bebida», apunta un técnico.
A las cuatro y media llega el que parece ser el segundo de la noche. Un joven que pasa por su propio pie, aunque no sin dificultad, desde la ambulancia a una silla de ruedas: ¿Otro intoxicado?
El técnico de la ambulancia se encoge de hombros: «Yo no soy médico». No todo el personal es igual de comunicativo. En cualquier caso, el ingresado, intoxicado o no, se tendrá que arreglar solo, porque nadie lo acompaña. A esas horas ya ha llovido lo suficiente como para desanimar cualquier botellón: «Hoy es un día tranquilo. Y hay mucha gente fuera, pasando el puente. En un sábado un poco animado podemos recoger hasta ocho intoxicados. Una sola ambulancia. Y somos tres», comenta un empleado menos reservado.
No será esta noche, desde luego, donde no soy capaz de cerrar ni la cuota estadística. A las cinco de la mañana me retiro. Por el camino me cruzo con otra ambulancia. Pero ya no paro. Ese lo dejo para las estadísticas.