Roberto Vázquez debería dimitir. No lo hará, por descontado, pero en el fondo esa decisión lo retrata. Debería irse por dignidad. Y por respeto. A sus vecinos y al conjunto de los contribuyentes. Vázquez está dispuesto a aceptar ante la sociedad que defraudó impuestos. Así se lo ha hecho saber a la Fiscalía y a la Abogacía del Estado, y esa asunción de responsabilidades deslegitima de ahora en adelante su posición como gestor de la cosa pública. Su guardia pretoriana asegura que ese asunto forma parte de su ámbito privado, pero la argumentación se cae por su propio peso. No es posible disociar la faceta empresarial del regidor de la pública cuando entre sus tareas cotidianas figura la de decidir en qué se invierten nuestros tributos. Los mismos que él reconoce que dejó de pagar en un momento dado a causa de sus negocios.
A Roberto Vázquez le buscan las cosquillas desde hace años por sus relaciones y su forma de hacer las cosas. Pero siempre logró salir del paso. Ahora el escenario es otro. Y por eso la ética dicta que debería irse. Aunque no le guste.