El «Prestige» según Coixet

La cineasta catalana reconoce con un documental el esfuerzo de los miles de voluntarios que limpiaron las playas


redacción / la voz

El olor del fuel del Prestige. Las cadenas humanas. La desorganización. El afán por ayudar. El documental Marea blanca, de la directora Isabel Coixet, devuelve una a una todas estas imágenes y sensaciones de aquellos días caóticos de noviembre del 2002, cuando los reflejos de la sociedad civil obligaron a la Administración a caminar, inevitablemente, a rebufo del ímpetu de los voluntarios. La película, de media hora de duración, es para ellos. Un homenaje necesario, salpicado con retazos líricos, cuando están a punto de cumplirse diez años del accidente y el juicio se espera, por fin, para después del verano.

El trabajo de Coixet, patrocinado por una marca de cerveza mexicana que impulsa un programa para proteger las playas europeas, no entra demasiado en las polémicas de aquellos días. Se centra en el testimonio directo de pescadores y voluntarios, como Rustan Iembergenov, un kazajo que recorrió miles de kilómetros para ayudar, quizás movido por el ejemplo de su propio padre, que arriesgó su vida en los trabajos de limpieza tras el accidente de Chernóbil. O en Soledad Méndez, la extremeña con raíces gallegas a la que el Prestige le dio una hija a la que llamó Alegría Fisterra. Lo de Alegría surge de ese momento de decepción que sufrían todos los voluntarios cuando veían que la playa que habían limpiado el día anterior volvía a estar cubierta de fuel con la marea. «Venga, alegría, alegría», les decía un gallego para animarlos. Soledad vive en Galicia desde entonces.

Conchita, una mujer de Camelle que en los créditos aparece como «funcionaria y cantautora», recuerda lo mucho que le sorprendía que los voluntarios -que en algún momento se cifraron en más de 300.000- hicieran gratis su trabajo «mientras los del pueblo estaban cobrando». No solo eso. También hay menciones a los riesgos para la salud que afrontaron estas personas, como aquellos jóvenes que en las primeras jornadas recogían fuel sin mascarilla.

La voz en off de Antón Reixa, recitando su poema Mar de mans, es el hilo que engarza todas estas historias. Como la de Nacho Castro, de la cofradía de Muxía, a quien el caos de aquellos días dio, paradójicamente, un nuevo sentido a su vida: pudo conocer a su pareja, Nuria Blanco, una voluntaria de Deusto. Y de esa relación surgió «una cosa pequeñita que se llama Lucía y que es lo mejor que he hecho en esta vida». Nacho cree que todo aquello también sirvió para que la «generación del botellón» encontrara su lugar en la historia.

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