Palabra de Abel Caballero

GALICIA

Hay políticos abonados a las ciencias de la ocultación, a intentar que sus vecinos, los que les han votado y los que no, jamás lleguen a saber qué es lo que se está haciendo realmente con su dinero. Hay políticos que recurren muchas veces a la media verdad o a la mentira. Hay políticos que tratan a los ciudadanos como si fueran niños: de esto no se habla, a esto no se juega, esto no se toca. Hay políticos... Y luego, está Abel Caballero. Acostumbrado a ver las cosas en un espejo cóncavo o convexo, según los días, el alcalde de Vigo ha levantado una ciudad virtual paralela a la que desgobierna. Cuando lo que hay no le convence, en lugar de intentar arreglarlo, Caballero contempla la ciudad en esos espejos. Y así, en su Vigo existe Ikea, el desempleo es cero (en el Vigo de verdad, el que el alcalde no ve, hay 33.000 parados, el doble que cuando él llegó) y, según otra promesa-visión que le obligaría a dimitir ya si contemplase el Vigo del común de los mortales, el AVE está a punto de entrar por Urzaiz. El penúltimo capítulo del Vigo de Caballero es el de un Concello con deuda cero, «la envidia de España». Si en algo coincide esa ciudad virtual con el Vigo auténtico es en que, en efecto, Vigo es la envidia de España en muchas cosas, pero no precisamente en que su Ayuntamiento pague en plazo a sus proveedores. Sí, por ejemplo, en la generosidad de sus vecinos, los de verdad, pues hace tiempo que, dadas las circunstancias, deberían haber perdido la paciencia.