Se puede decir sin exagerar que la AP-9 ejerce una especie de monopolio sobre la movilidad. La carretera nacional no es una alternativa en absoluto y nunca hubo un Gobierno interesado en que lo fuera. De hecho, todavía atraviesa en canal unas cuantas poblaciones. En el sur, donde la saturación es más evidente, tampoco han tenido demasiado éxito las autovías de alivio que se dibujaron sobre el papel, pero no sobre el terreno. Así, la espalda de la Galicia atlántica, el amplio territorio que sostiene la economía gallega, descansa en exclusiva sobre la columna vertebral de la AP-9, que el próximo año subirá sus peajes en torno al 3 %. Si a esto sumamos el incremento del precio de los carburantes y el peligro que supone circular por algunos tramos congestionados, transitar por esta vía será cada vez menos atractivo y se agravará el descenso de tráfico que ya soporta por la crisis (entre el 5 y el 10 %). Fomento ya ha tenido que rescatar a varias autopistas de la quiebra por sus infaustos datos de tráfico. Y el panorama empeorará si la ampliación de Rande o de la circunvalación de Santiago se financian con un aumento de tarifas de entre el 1 y el 1,5 %.
El escenario no será del todo preocupante para la concesionaria mientras mantenga su monopolio sobre la movilidad norte-sur. Pero tiene los días contados. A finales del 2013, el eje atlántico de alta velocidad llegará hasta Vigo, trasladando a este entorno los trasvases del vehículo privado al tren que ya se dan entre Santiago y A Coruña. En este contexto, ¿cómo se competirá con un medio de transporte tan cómodo y seguro como el tren? ¿Subiendo los peajes?