Un Schindler gallego en Marín

Marcos Gago Otero
marcos gago MARÍN / LA VOZ

GALICIA

Dos cajas desvelan el rescate de presos del campo nazi de Spandau

25 oct 2011 . Actualizado a las 10:02 h.

El misterio envuelve a dos cajas de madera, halladas en un desván de la localidad pontevedresa de Marín y ahora depositadas en museos judíos de Toledo y Washington. Es un secreto que se remonta a hace unos setenta años, en plena Segunda Guerra Mundial, y que deja entrever una historia de supervivencia en medio del horror del Holocausto nazi.

El secreto habla de un gallego, cuyo nombre permanece en el anonimato, que protegió a dos presos de los nazis y a los cuales, todo parece indicar, libró de las cámaras de gas. Al menos esta es la principal hipótesis que circula en torno a estas cajas que llevan grabadas el infame nombre de Spandau. Este lugar fue una prisión en Berlín que sirvió como campo de concentración nazi y cuya sola mención evoca siniestros recuerdos de humillación, tortura y exterminio.

Las cajas yacieron olvidadas durante varias décadas en el local de efectos navales que el empresario marinense José González Pérez tenía en la calle Augusto Miranda. Su hijo Luis Alberto González recuerda jugar con ellas desde que era pequeño y sin prestarles especial atención. Ayer mismo aseguró que desconocía cómo llegaron hasta allí, si bien admitió que tenían grabados números, supuestamente relacionados con los presos, y la palabra Spandau, entre otras, en letras grandes.

La responsabilidad de que estas cajas saliesen a la luz se debe al promotor Antonio Dasilva, que adquirió el solar para construir un nuevo edificio. «Cuando encontré estas cajas me dijeron que eran de unos judíos que estuvieron en Marín en el tiempo de la guerra», resaltó. La versión de la historia que Dasilva conoce incide en que los dueños de estos embalajes fueron traídos a la localidad pontevedresa desde la prisión alemana, por razones desconocidas, salvándose de esta forma del destino de seis millones de sus compatriotas.

Incógnitas

No se sabe cuánto tiempo vivieron estos dos expresos en Marín, ni tampoco cuándo se fueron. Ni siquiera han trascendido sus nombres, ni sus profesiones. El misterio lo envuelve todo, tanto como la identidad de su benefactor. La historia no habría ido a más y probablemente hubiese caído en el olvido de nuevo, si no fuera por otro gallego, Ángel Sueiro, empresario afincado en Estados Unidos.

Un día Dasilva le enseñó los embalajes y este los reconoció en seguida como procedentes de un campo de concentración nazi. Logró que el promotor le diese una de las cajas, que él mismo depositó en el Museo del Holocausto en Washington hace pocos meses.

El entonces alcalde de Marín, el socialista Francisco Veiga, convenció a Dasilva para que este empresario se desprendiese de la segunda caja. Su destino fue el Museo Sefardí de Toledo, donde se conserva bajo custodia.

Veiga intentó en vano conocer la identidad de los dos presos, ya que aparte del código numérico y unas palabras sueltas en alemán, no había ningún indicio sobre quiénes podían ser. El exalcalde hizo incluso revisar los padrones de los años cuarenta del siglo pasado sin hallar nada. Por ahora el silencio se cierne sobre estos embalajes y sus dueños, a la espera de que una pista más cierre el círculo.