La Pequeña Galicia de EE.UU.

En la ciudad costera de Newark reside la comunidad de gallegos más importante de EE.UU.


nueva york / corresponsal

Cuentan los libros de historia que los primeros emigrantes españoles que llegaron a la costa este estadounidense lo hicieron en 1898, y como consecuencia del proceso de descolonización que tuvo lugar en el Caribe. Tendrían que pasar, por lo tanto, más de sesenta años para que otra oleada de emigrantes, esta vez procedentes de Galicia, decidieran cruzar el río que separa Manhattan de New Jersey y establecerse en una pequeña ciudad costera bautizada con el nombre de Newark. Fue el principio de lo que hoy se conoce como la Pequeña Galicia, un reducto que muchos consideran como la comunidad de gallegos más importante dentro de Estados Unidos.

Como todos los barrios de emigrantes, la Pequeña Galicia de Newark está situada a apenas unos metros de la estación de trenes, si bien muchos de los que llegaron a este país lo hicieron en realidad en avión o por mar. Hoy, sin embargo, resulta casi imposible encontrar a algún gallego que reconozca haber llegado al país en barco, o más concretamente «haberse caído de él», eufemismo con el que antiguamente se identificaba a quienes se escapaban de los mercantes.

«Sobre todo en la década de los sesenta era bastante común que los gallegos que estaban embarcados salieran para visitar a algún familiar aquí y ya no volvieran más», cuenta Manuel Ayuso, un pintor nacido en Santa Uxía de Ribeira y que tuvo la «suerte» de llegar a Estados Unidos en 1947. «Una época en la que había oportunidades aquí para poder estudiar y avanzar», recuerda.

Para los que llegaron después, sin embargo, el camino hacia el sueño americano fue más duro. La mayoría de los gallegos que aterrizaron en Newark durante los años setenta y ochenta se vieron condenados a realizar trabajos manuales que en muchas ocasiones conllevaban un riesgo adicional. En una parte estaban los que se jugaban la vida en los llamados scaffolding, unos andamios de gran altura que se utilizan para la limpieza y la construcción de los rascacielos. Y en el otro lado se situaban aquellos que se gastaban las manos y la salud como estibadores en el puerto de la ciudad, «un trabajo que al principio solo los negros, los gallegos y los vascos querían hacer», según relata Sergio Seijas, dueño del restaurante Spain 92, uno de los más populares del área.

El final de una era

El puerto de Newark ha sido el otro epicentro alrededor del cual gravitó durante decenios la emigración gallega en New Jersey. De hecho, hasta hace apenas unos años la asociación de trabajadores portuarios estaba dirigida por un gallego, mientras que muchos de sus trabajadores siguen frecuentando los bares del barrio a la salida del trabajo.

«Al principio, la mayoría de los que trabajaban allí eran italianos, pero poco a poco los gallegos fuimos haciéndonos fuertes y ahora mismo ya somos la mayoría», asegura Francisco Trigo, uno de los emigrantes gallegos que cada día visitan la sede del Centro Orensano de Newark.

Ese local, con futbolín propio y botellas de anís El Mono apiladas en la estantería, es uno de los muchos que pueblan todavía las calles de Newark y que recuerda a una época que ya no volverá a existir.

No hay un criterio definido sobre el número de gallegos que llegaron a vivir en Newark en los años setenta, década fuerte de la emigración. Algunos, como Miguel González, quien hasta hace poco dirigía el Centro Orensano de Newark, cifran en apenas seis mil los gallegos que se congregaron en esta metrópoli, mientras que otras fuentes hablan de 10.000 e incluso de 15.000 emigrantes que llegaron desde Galicia. En lo único que todos parecen coincidir es en que en la actualidad el número de gallegos que viven en esta ciudad ha decrecido considerablemente.

«Cuando empezaron a hacer dinero, fueron dejando Newark y mudándose a barrios más residenciales», sostiene González, quien recuerda con nostalgia «la época en que los gallegos se reunían para hacer bailes y para celebrar los domingos».

Pero no hace falta recurrir a la historia para darse cuenta de que la Pequeña Galicia es apenas una sombra de lo que fue. En las calles del barrio, por ejemplo, varios negocios españoles permanecen cerrados o han sido reemplazados por establecimientos latinos, en un claro reflejo de cómo la emigración latinoamericana ha sustituido a la gallega. Cuando La Voz visitó el barrio, lo único que parece sobrevivir a este éxodo son los restaurantes españoles que dan fama al área. También en el pasado estos bares y establecimientos sirvieron de brújula a miles de gallegos, que como tantos otros emigrantes iniciaron su camino hacia una vida mejor preguntando por una taberna.

El «consulado» Torres

El restaurante Casa Vasca, por ejemplo, está situado en la intersección que forman las calles Prospect y Elm Street, en pleno corazón de la Pequeña Galicia, y a apenas unos metros de la estación ferroviaria. Detrás de la barra de este establecimiento reina desde hace treinta años Gemma Aurre, una vizcaína con los ojos y la sonrisa abundantes, y a la que le cuesta definirse cuando se le pregunta por su nacionalidad. «A mí lo que me gusta decir es que los que vivimos en Newark no somos ni de aquí ni de allí, sino que somos ciudadanos del charco», dice divertida esta mujer, cuyo restaurante sigue siendo parada obligatoria para los gallegos que acuden a la misa de los domingos «y quieren tomarse un buen vermú».

Hace 65 años, la Casa Vasca, entonces llamado Bar Torres, era el consulado no oficial al que los emigrantes gallegos acudían en busca de ayuda. «Muchos iban directamente a este restaurante porque les daban comida y alojamiento», afirma José Vilas, quien cuenta además que en aquel entonces el Bar Torres compartía fama con otro local llamado The Pool Room. «Hubo un tiempo en el que el Pool era más conocido en Galicia que Nueva York o cualquier otro lugar de Estados Unidos porque era el único sitio donde se podía acudir a buscar trabajo», recuerda Vilas.

Casi 50 años después, encontrar trabajo en Newark no es siquiera una opción, explica Vilas: «Antes era fácil, porque llegabas incluso sin papeles y tenías un contrato. Pero desde los ochenta ya no llegan gallegos, sino que más bien se van. Dicho de otra forma, Little Galicia es cada vez más little, y algún día llegará a desaparecer».

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y algún día llegará a desaparecer»

El bar del Centro Orensano tiene futbolín y botellas de anís El Mono

en la estantería

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