Las aldeas muertas reviven en verano

María Cedrón LA VOZ/REDACCIÓN.

GALICIA

La llegada de emigrantes hace renacer en la época estival a muchos núcleos del interior de Galicia que padecen el grave problema de la despoblación

15 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La fiesta de San Paio, el patrón de Fitoiro, en el municipio ourensano de Chandrexa de Queixa, es el 26 de junio. Pero ese día en la media docena de aldeas, o barrios, como les llaman los emigrantes que regresan cada verano, hay en torno a unas veinte personas. Son los que viven allí todo el año, los que ven cómo la nieve va apilándose en el invierno ante el portal y los que luchan contra el calor duro y seco de agosto. Como son pocos prefieren aguardar al octavo mes del año para honrar al patrón. Lo hacen porque es en esa fecha cuando el vecindario se multiplica hasta superar el centenar de habitantes. Fitoiro es el ejemplo de la resurrección social que experimentan muchas aldeas semivacías ubicadas en la Galicia interior. Un fenómeno que ocurre en la época estival, cuando los que marcharon a Madrid o a Barcelona regresan para recordar los tiempos en los que todavía había pandillas rodando por las corredoiras.

Alicia, Dorinda y Marisol eran tres de las niñas que bajaban en plancha por los caminos que cruzaban las casas de Cimadevila, uno de los núcleos que componen la parroquia de Fitoiro. «Por aquí nos tirábamos e íbamos hasta allá abajo en una tabla», recuerda Dorinda con acento de Cataluña. El que tiene Abelardo es de Madrid. Pero no hay problemas, ni rivalidades entre los de Madrid y los de Barcelona. Al fin y al cabo todos son gallegos, de Ourense, de Chandrexa de Queixa, de Fitoiro, de Cimadevila.

Uno de los pocos vecinos que hay estos días en el pueblo es un poco mayor que las tres chicas, ahora señoras, pero también corría detrás de ellas por la cuesta. Han pasado años. Bastantes. Pero el miércoles coincidieron todos otra vez. Son un poco más altos, están algo más mayores, pero no han olvidado sus raíces. «Hace unos cuarenta años que no venía», explica Alicia, la hermana de Marisol, que viene algo más. Y Abelardo, desde que se jubiló, viene con frecuencia. En Semana Santa y en julio y agosto. Lo hace con su esposa, Olvido, y con sus tres nietas, Adela, María y Adriana, que el miércoles iban de aquí para allá por la aldea.

Habitualmente se juntan con Amanda y Olga, dos chicas que viven un par de casas más abajo, en Casa Elvira, en mitad del pueblo. En invierno allí no suele haber nadie. Elvira era la madre de Elvira. La hija no nació en Cimadevila, pero se mudó de niña y, pese a que se trasladó a Madrid, desde los ocho años nunca ha olvidado esa cita con el rural. Igual que su hija o sus nietas. «Nos gusta venir porque aquí lo pasamos bien, es un lugar tranquilo», explican.

Porque la vida ahí, en verano es fácil, cálida. «En caso de que dependiera de nosotros todo esto no se quedaba despoblado, el caso es que tenemos nuestro medio de vida en Madrid», comenta Elvira. Es el problema. La mayor parte de los que emigraron únicamente vuelven en vacaciones o al jubilarse. Porque aquí no hay trabajo.

Pero con todo, su hija tiene todavía un sueño. Abrir una casa rural que reviva la zona y que atraiga el interés de los que van a Manzaneda o a los pueblos de la montaña. «Pero precisas dinero porque las ayudas tampoco llegan», apunta.