La escasa efectividad de subir a los maestros a la tarima

E. Á.

GALICIA

«La autoridad no se reivindica, se demuestra». Así de claro se manifestaba un padre ante el anuncio de una ley para dignificar la labor docente. La conflictividad en las aulas tiene dos vertientes muy diferentes, pero para ninguna de ellas parece ser una adecuada solución las tarimas a las que Esperanza Aguirre quiere subir a los maestros.

Los casos graves de violencia en las aulas -acoso a compañeros, agresiones a profesores de padres o alumnos o desperfectos graves del material- son, afortunadamente, mínimos en Galicia. Seguramente un análisis de cada una de estas situaciones reflejaría familias desestructuradas y problemas que exceden al ámbito escolar y entran en el de los servicios sociales.

Los profesores, sin embargo, viven todos los días otra realidad que impide que desarrollen su tarea. Continuas interrupciones en clase, comentarios a destiempo o el simple pasotismo que, unido al peor uso de las nuevas tecnologías, puede convertir un aula en un auténtico foco de conflictos. No se trata ni de casos extremos ni de jóvenes con grandes dificultades. Se trata solo del reflejo de una sociedad que sonríe ante el chiste fácil, la burla y las salidas de tono. No hay más que echar un vistazo a cualquier canal televisivo para saber qué es lo que se lleva y lo que no. El alumno repite lo que hace en el parque o, desgraciadamente, en su casa.

Implicación

Y aunque todos los expertos educativos no se cansan de repetirlo, sigue sin quedar claro que la educación no es tarea solo de los profesores sino también de padres y sociedad, y como no se impliquen todos desde un principio poco puede hacer el islote en medio del océano en el que parece que se ha convertido la escuela. Si un infante sabe aprovecharse de las desavenencias de papá y mamá para obtener privilegios, qué no hará un adolescente si en casa se desautoriza al profesor. En la educación, o se camina en la misma dirección o no se llega al destino.

Las tarimas no parecen ser muy útiles, y convertir al profesor en autoridad pública es una solución a esos pocos casos de violencia en el aula. En el resto, según los especialistas, la colaboración entre familias y centros es la salida, ya que el alumno que insulta al profesor probablemente insulta también al padre. Por ello los expertos insisten en que las claves están en la cooperación y en la formación. Así, explican, la convivencia en el aula no es una mera anécdota, ya que está estrechamente relacionada con el fracaso educativo. Y ahí sí que se juega el futuro de Galicia.